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Diablos
Vs. Globalifílicos. Obra de Hervé di Rosa
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A la hora de la comida se sientan desnudos con cuernos de chivo
sobre la cabeza. Se dedican a la sodomía más que
cualquier otros seres. No respetan la verdad y por su puesto
desconocen la realidad. No tienen respeto por las tradiciones,
aunque son producto de ellas. Duermen de día y alucinan
de noche. Son los diablos de Ocumicho .
Esto es lo que ha sucedido. Desde hace años, no muchos,
digamos unas tres décadas, la crítica de arte
descubrió que hay cosas que parecen arte y otras que
no tanto. A estas últimas, entre las que se encuentran
los diablos de Ocumicho y los Árboles de la vida, se
les llamó artesanías. Esto logró que el
mercado de arte no se preocupara mucho por la competencia de
unos cuantos rebeldes que trabajan desde su casa en la sierra
o en el valle. Las galerías tenían su lugar, la
crítica lo reconocía, y las artesanías
el suyo y los turistas podían ubicarlo.
Pasaron unos cuantos años, que en la jerga de los críticos
llamaríamos años de experimentación formal,
para que los rotulistas y los fabricantes de efigies de plástico
de los presidentes de México, también entraran
en competencia con los artesanos. Principalmente porque trabajan
en las calles y con sus manos y eso es una costumbre prehistórica,
sobretodo después de la aparición de los ready-made.
El caso es que todas esas estatuillas de papel maché,
muñecos armados con tubos tirados en la calle, ídolos
encerrados en pirámides de acrílico, han ido integrando
una masa crítica de símbolos que, debido a la
posmoderna ingenuidad de la crítica, hubo que aceptar
que existían y que podrían ser parte de un todo,
al cual se le llamó mundo exótico o kitsch. Pero
era más bien la otra cara de la misma moneda, llamada
arte.
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Por supuesto, mucho de esto no hubiera sucedido
sin que Hervé di Rosa y otros argonautas chicanos, exploradores
como él, no hubiesen sacado del olvido y la distancia muchas
de esas imágenes para darles una a la historia. En su país
natal, Francia, la mayoría de estas cosas son llamadas
surrealistas, porque la realidad allá tiene un peso más
fuerte que acá y entonces, lo que no parece tener una coherencia
con el mundo es calificado de surrealista. Pero aquí la
realidad es más descarnada, o prerrealista . Los diablos
aparecen hasta en patrullas de barro decoradas con esmalte y la
gente piensa que está bien. Los diablos de Ocumicho son
menos agresivos que la policía. Eso ya es reconfortante.
Otras cosas también han pasado. Por ejemplo el hecho de
que los ex presidentes de México encuentren trabajo como
asesores de empresas transnacionales y sean consultores de organismos
de comercio internacional. A esto le llamamos globalización,
o sea que las conexiones entre el tercer mundo y el primero se
han abierto, por lo menos para los ex presidentes. De alguna manera
la globalización ha logrado que las artes de México
y culturas anexas comiencen a distribuirse en locales cerrados
de los malls, sobretodo como una derivación de un movimiento
llamado fridismo. El arte popular ha reverdecido y comienza a
escucharse el canto de sirenas de papel que nos dice que la cultura
visual es más trascendente que el arte visual.
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Así que mientras el mundo se parece cada
vez más a un árbol de la vida, de esos que repinta
Hervé Di Rosa -llenos de imágenes indias, indonesias,
anatómicas y cósmicas- el arte, cómo llamarlo,
el arte trasnacional quizá, ha comenzado a ver la supresión
de lo individual y el surgimiento de lo colectivo como una especie
de colonización inversa. Y en esa coyuntura, Hervé
di Rosa ha jugado un papel como de fayuquero, llevando imágenes
de aquí y de allá a través de las fronteras,
acompañado de una fauna popular extensa. Son ya diez años
de trajín y dos años de trabajo en México
que hoy coinciden en Oaxaca, dentro del museo de arte. Los diablos
derrotaron a la globalización.
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