Compulsión por producir, producir la compulsión.
Sobre la obra de Antonio Gritón

Replica21

José Manuel Springer

GritónEl Candingas en el Circo, 1988.

Entre los cientos de artistas que surgieron en México en los últimos veinte años existe un común denominador que es el producir, aunque no se sabe exactamente por qué. Producir para certámenes, para los premios de los salones; producir para la exposición individual, para la colectiva, para el evento único; producir para vender, para llevar cuadros a tal o cual galería de tal o cual ciudad o país. Producir por el hecho de sentirse activo de sentir que alguien puede ver lo que uno hace y recordarlo y quizá dejar una huella.

El furor de la producción del Gritón es obra de esa compulsión que existe en la generación de los nacidos en los 50 y 60. Una generación que comenzó su carrera sin conocer las becas del FONCA, generación que creció a la sombra del posible salto hacia el extranjero, una degeneración que se fue acomodando a los sistemas de patrocinio oficial, ante la falta o la intermitencia del apoyo privado institucional. Algunos miembros de la generación sobrevivieron a la antropofagia y la indiferencia de un ambiente que se enrarece cada vez que una nueva moda penetra la cortina de tortilla que nos divide del primer mundo.

Muchas veces he visto la carrera de los mejores creadores de mi generación subir como la espuma, lograr el reflector y el abrazo de la institucionalidad. Muchas veces también he visto la desesperación por vender un cuadro, por cobrar la mensualidad o la entrega de la beca. Parecería que esta prole no va a descansar, como lo hicieron las generaciones precedentes, hasta no lograr la independencia económica o el reconocimiento tardío a sus triunfos y desgracias.

En medio de esa virulencia e inestabilidad del medio artístico, donde las reputaciones surgen y desaparecen, se encuentra el deseo vehemente de seguir ligado al arte, ya sea por medio de la producción (en un número menor de los casos) o a través de la docencia, o a través de la beca del “sistema”; la finalidad es no dejar que el tiempo arrastre el título bien ganado de Artista o productor plástico, este último término de connotaciones más económicas que creativas. Gritón, el más compulsivo de los artistas que conozco, es de los últimos sobrevivientes. Sea por su vitalidad, su aparente despreocupación por la vida, su credulidad en el arte, él sigue apostando a la producción como eje de sus actividades creativas No hay día en que no lo seduzca una brocha y una lata de pintura. Recuerdo su intervención en el festival contra la censura realizado en el Zócalo capitalino en 2001: tomó una lata de aerosol y en el primer lienzo que encontró pintó: Estas son puras pendejadas. Colocó el lienzo sobre los caballetes que se encontraban bajo la bandera, frente a palacio nacional, volteó y ahí estaba la prensa dispuesta a registrar el primer mensaje producido contra la censura en ese día.

GritónMaría del Puerto Villarías, 1992.

Casualidad o causalidad, ese es el dilema del Gritón, para quien la realidad ha puesto obstáculos pero también le ha colocado el pasecito a la red que todos queríamos. Si bien su actitud es común a muchos artistas, hay algunas cuestiones que lo separan. La generación a la que pertenece el Gritón es una generación de artistas que creyeron en el arte como un fin en sí mismo, mientras que para el Gritón el arte sigue siendo un medio para lograr un cambio. Pocas veces se consideró en los 80 y los 90 al arte como un medio crítico y por el contrario muchas veces la obra parecía regodearse en valores artísticos y formulismos sin sustento teórico alguno. El Gritón fue buscando en la ciudad, en el caos, en la confluencia de estéticas populares y estridentes una crítica, una crónica de su tiempo. Varias de sus obras de los 90 estuvieron dedicadas a la cuestión indígena, la represión gubernamental o la ausencia de memoria. Para muchos su obra era tan solo colorística, chistosa, acaso irreverente. Cuando se rasca en el origen de las imágenes y las relaciones que se dan entre ellas, vemos que hay una propuesta crítica y sardónica a los valores establecidos.

Aun cuando se trate de su intimidad propia, de la vida en familia, el Gritón trata con sencillez y franqueza los problemas que lo aquejan, las perspectivas que enfrenta y las esperanzas que tiene para cambiar. Y creo que esta compulsión por decir lo que es urgente, por producir con un sentido de obligatoriedad, sí, pero también de dirección, es lo que lo ha hecho subsistir, con un puñado de artistas, el naufragio de la medusa de su generación.

GritónEl Sol, 1997.

GritónEl Camino de Dios, 1997.

GritónSilla modelo despertador, 1992.

GritónSe renta, 1997.

 

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Fecha de publicación: 05.09.2002