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Compulsión
por producir, producir la compulsión. |
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| Entre los cientos de artistas que surgieron
en México en los últimos veinte años existe un
común denominador que es el producir, aunque no se sabe exactamente
por qué. Producir para certámenes, para los premios
de los salones; producir para la exposición individual, para
la colectiva, para el evento único; producir para vender, para
llevar cuadros a tal o cual galería de tal o cual ciudad o
país. Producir por el hecho de sentirse activo de sentir que
alguien puede ver lo que uno hace y recordarlo y quizá dejar
una huella. |
El furor de la producción del Gritón es obra de
esa compulsión que existe en la generación de los
nacidos en los 50 y 60. Una generación que comenzó
su carrera sin conocer las becas del FONCA, generación
que creció a la sombra del posible salto hacia el extranjero,
una degeneración que se fue acomodando a los sistemas de
patrocinio oficial, ante la falta o la intermitencia del apoyo
privado institucional. Algunos miembros de la generación
sobrevivieron a la antropofagia y la indiferencia de un ambiente
que se enrarece cada vez que una nueva moda penetra la cortina
de tortilla que nos divide del primer mundo.
Muchas veces he visto la carrera de los mejores creadores de
mi generación subir como la espuma, lograr el reflector
y el abrazo de la institucionalidad. Muchas veces también
he visto la desesperación por vender un cuadro, por cobrar
la mensualidad o la entrega de la beca. Parecería que esta
prole no va a descansar, como lo hicieron las generaciones precedentes,
hasta no lograr la independencia económica o el reconocimiento
tardío a sus triunfos y desgracias.
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El Candingas en el Circo, 1988
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En medio de esa virulencia e inestabilidad del medio artístico,
donde las reputaciones surgen y desaparecen, se encuentra el
deseo vehemente de seguir ligado al arte, ya sea por medio de
la producción (en un número menor de los casos)
o a través de la docencia, o a través de la beca
del sistema; la finalidad es no dejar que el tiempo
arrastre el título bien ganado de Artista o productor
plástico, este último término de connotaciones
más económicas que creativas.
Gritón, el más compulsivo de los artistas que
conozco, es de los últimos sobrevivientes. Sea por su
vitalidad, su aparente despreocupación por la vida, su
credulidad en el arte, él sigue apostando a la producción
como eje de sus actividades creativas No hay día en que
no lo seduzca una brocha y una lata de pintura. Recuerdo su
intervención en el festival contra la censura realizado
en el Zócalo capitalino en 2001: tomó una lata
de aerosol y en el primer lienzo que encontró pintó:
Estas son puras pendejadas. Colocó el lienzo sobre los
caballetes que se encontraban bajo la bandera, frente a palacio
nacional, volteó y ahí estaba la prensa dispuesta
a registrar el primer mensaje producido contra la censura en
ese día.
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María del Puerto Villarías,
1992 |
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El Sol, 1997
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Silla
modelo despertador, 1992 |
Casualidad o causalidad, ese es el dilema del Gritón,
para quien la realidad ha puesto obstáculos pero también
le ha colocado el pasecito a la red que todos queríamos.
Si bien su actitud es común a muchos artistas, hay algunas
cuestiones que lo separan. La generación a la que pertenece
el Gritón es una generación de artistas que creyeron
en el arte como un fin en sí mismo, mientras que para
el Gritón el arte sigue siendo un medio para lograr un
cambio. Pocas veces se consideró en los 80 y los 90 al
arte como un medio crítico y por el contrario muchas
veces la obra parecía regodearse en valores artísticos
y formulismos sin sustento teórico alguno. El Gritón
fue buscando en la ciudad, en el caos, en la confluencia de
estéticas populares y estridentes una crítica,
una crónica de su tiempo. Varias de sus obras de los
90 estuvieron dedicadas a la cuestión indígena,
la represión gubernamental o la ausencia de memoria.
Para muchos su obra era tan solo colorística, chistosa,
acaso irreverente. Cuando se rasca en el origen de las imágenes
y las relaciones que se dan entre ellas, vemos que hay una propuesta
crítica y sardónica a los valores establecidos.
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El Camino de Dios, 1997
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Aun cuando se trate de su intimidad propia, de la vida en familia,
el Gritón trata con sencillez y franqueza los problemas
que lo aquejan, las perspectivas que enfrenta y las esperanzas
que tiene para cambiar. Y creo que esta compulsión por
decir lo que es urgente, por producir con un sentido de obligatoriedad,
sí, pero también de dirección, es lo que
lo ha hecho subsistir, con un puñado de artistas, el
naufragio de la medusa de su generación.

Se renta, 1997
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