Sombras y memorias de Christian Bolstanski en Puebla

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José Manuel Springer

Christian Bolstanski Christian Bolstanski

La reciente exposición Sombras de Christian Bolstanski en el exconvento de Santa Rosa en la ciudad de Puebla marca un hito en la historia de esa ciudad, asiento de la cultura colonial y uno de los máximos centros del Barroco mexicano, pues da indicio del interés por el arte contemporáneo que existe en esta urbe. El éxito de la exposición queda demostrado por la forma en que la obra del artista francés se integra a la arquitectura colonial sin requerir de una gran producción museográfica y la manera en que la obra hace alusión a la historia del lugar.

Christian Boltanski visitó Puebla en junio, invitado para hacer un recorrido en los espacios culturales. De los siete espacios que vio encontró que el antiguo convento de monjas dominicas se prestaba para presentar el tema que lo ha preocupado desde mediados de los 80: la historia anónima; desenterrar la vida oculta de todas las personas que pasan por la historia como una masa, sin apelativo, sin identidad.

Heredero de la tradición judía y cristiana, Boltanski se interesó desde los años 70 en su propia identidad fragmentada. Pronto cayó en la cuenta de que el estigma de ser judío se cernía sobre sí marcándolo, aislándolo de los demás. Esta fue la razón por la que a la edad de 13 años dejó la escuela para siempre.

Años más tarde Christian comenzó a trabajar con marionetas en espectáculos modestos para niños. Su interés por la niñez y su capacidad para dar vida a la marioneta, el manejo del escenario con luces y sombras de las marionetas indonesas, habrían de aparecer más tarde en su obra artística. Los primeros intentos de hacer arte resultaron en pinturas naíf con personajes grotescos y siluetas, entre los que él mismo se representaba.

Christian Bolstanski La instalación de Boltanski en Puebla está inspirada en la vida de niñas púberes que siglos atrás ingresaban al convento porque sus familias las consideraban una carga, porque no tenían futuro como esposas por ser feas o contar con algún defecto, o porque estaban embarazadas. Desde su ingreso al convento las internas perdían toda identidad: se les cortaba el pelo a rape, se les uniformaba con un hábito y sus nombres eran reducidos al apelativo de pila, sin apellidos que identificaran a su familia o su genealogía. Las internas pocas veces podían salir del convento o siquiera ser vistas, su asistencia a los servicios religiosos se hacía desde un balcón dispuesto a un costado de la iglesia, donde podían observar el rito ocultas por una malla metálica.

El proceso de pérdida de identidad de estas niñas enclaustradas fue similar al que padecieron los prisioneros de campos de concentración, donde se les despojaba de cualquier efecto personal y se les asignaba un número. La pérdida de identidad y memoria es la muerte en vida.

Boltanski comenzó a trabajar con fotografías de gente anónima a principios de los 80. Recogía imágenes en los mercados de pulgas de gente totalmente desconocida. La imagen fija la existencia de alguien y es una intermediaria entre la vida y la muerte de la persona. La fotografía es el signo contemporáneo de una tradición milenaria. Ya los egipcios y griegos utilizaban procedimientos para recuperar la imagen del muerto. Los primeros comenzaron por levantar tumbas a los muertos más ilustres y casi al final del imperio egipcio la tradición de pintar el retrato del muerto era una forma democrática (más accesible) de trascendencia, al permitir que los personas comunes dejaran una impronta de su existencia a los vivos. Los griegos y posteriormente los romanos solían hacer mascarillas de cera del rostro del muerto. Estas mascarillas eran coleccionadas por la familia como prueba de un pasado ilustre y una forma de representar la ausencia, haciendo visible lo invisible. Más adelante los primeros cristianos, que tenían prohibido por el segundo mandamiento hacer imágenes de Dios, utilizaron los huesos del muerto como forma de recordar su presencia. Las catacumbas y sarcófagos cristianos eran los museos donde se visitaba el pasado y se registraba la historia.

Christian Bolstanski La imagen artística surge a partir de la tumba o el feretro. En casi todas las culturas arcaicas se acostumbraba enterrar al muerto con sus pertenencias, que incluían desde los objetos de uso común en vida hasta tesoros. El muerto fue el primer coleccionista de imágenes y objetos. Para los vivos la imagen del muerto era una forma de aliviar el sentimiento de pérdida definitiva que implica la muerte.

Para Christian Boltanski, quien en varias ocasiones ha visitado México y esta es la segunda vez que presenta su obra en el país, la cultura mexicana resulta fascinante pues continua la tradición de recordar a los muertos con imágenes y ritos prehispánicos. Desde tiempos inmemorables los pueblos mesoamericanos utilizaron fetiches llamados zemies, que eran objetos en los que se encarnaba el ser de un individuo y que este debía cargar consigo permanentemente.

La instalación que se presenta el exconvento de Santa Rosa de Lima fue elaborada a partir de una colección de fotografías de mujeres jóvenes que actualmente asisten a las escuelas del barrio aledaño. Christian recolectó ropa usada y hábitos similares a los que utilizaban las monjas que alguna vez vivieron en el claustro. Como es frecuente en su trabajo, el artista escogió un espacio oscuro, que alude a la tumba, a la penumbra, debido a que para él los espacios museísticos resultan demasiado iluminados y asépticos. La relación luz-oscuridad, nos remite a la memoria y el olvido, respectivamente.

En el pasillo que conduce al costado del templo, Boltanski colocó sobre una pared centenares de prendas de vestir que tienen pegadas reproducciones fotográficas de mujeres desconocidas. A un costado, tres imágenes de sendas mujeres vestidas con uniformes escolares impresas sobre velos blancos nos recuerdan la presencia de las mujeres antes de ser admitidas al convento.

Christian Bolstanski Christian Bolstanski

En una habitación continua, sumergida en la total oscuridad, se encuentra un dispositivo giratorio elevado que presenta una imagen de hoja de lata del ángel maligno. Una pequeña luz proyecta la sombra giratoria del ángel sobre las paredes de la habitación. Este espacio representa la transición entre la vida secular y el encierro monacal.

En un largo de pasillo de unos treinta metros de longitud que concluye en el balcón con vista al altar de la iglesia, Boltanski colocó al inicio dos cubos de luz azul de un metro cuarenta por lado, dentro de los cuales aparecen sombras proyectadas de marionetas chocarreras, cabezas y extremidades, que tienen algo de la actitud burlona del rito mexicano mortuorio. Desde este punto se escuchan voces susurrantes de jovencitas que repiten sus nombres: Esther, Concepción, María...

El ambiente es aprehensivo, al mirar hacia el fondo del corredor destacan en la penumbra una serie de pequeños altares colocados a varias alturas sobre las paredes. Al centro de cada uno de ellos se encuentra una imagen del rostro de una mujer, apenas iluminado por media docena de focos azules, conectados con cables deliberadamente visibles, que revelan la intención de arrojar luz sobre la fotografía enmarcada.

Del centro del pasillo penden a diferentes alturas varios hábitos que se balancean lentamente debido a la acción de un ventilador. A la mitad del corredor existe una cámara que solo es visible a través de pequeñas ventanas colocadas ex profeso. Desde ahí se pueden observar sobras proyectadas por marionetas miniaturas que penden de un cable.

Christian Bolstanski Christian Bolstanski

Las sombras son las imágenes oscuras que acompañan a todo ser hasta su muerte.

En una habitación contigua se encuentra una vitrina horizontal en la que un montón de cabello ocupa la parte central, iluminado por un foco desnudo colocado en la parte superior. El pelo recolectado en las peluquerías del barrio es un recordatorio del ritual de admisión al convento.

Tres grandes retratos de mujeres parecen observar la vitrina desde un muro lateral. Están cubiertos con velos de gasa que apenas dejan adivinar las facciones. Solo los ojos son totalmente visibles. El conjunto resulta espectral y enigmático, pone los sentidos en alerta y despierta un sentimiento de angustia. Algunos susurros llenan el espacio: Guadalupe, Ana, Teresa...

Al fondo del corredor, un hábito blanco ha sido colocado sobre la pared en forma de cruz. Rodeado de focos azules a la distancia semeja una flecha ascendente que obliga a elevar la mirada. En este espacio se escucha claramente la voz del sacerdote que oficia misa al otro lado de la malla divisoria.

En varias ocasiones Boltanski ha recurrido al uso de fotografías y vestidos anónimos, los cuales más que ser tratados como despojos de la existencia son material de la memoria de los ya idos. Directorios telefónicos, listas de desaparecidos, placas con nombres que alguna vez dieron identidad a un hogar, son para Boltanski signos y referentes de una vida que existió.

Christian Bolstanski Christian Bolstanski

Entre sus propios recuerdos, que como él señala cada vez se van haciendo más confusos, y las vidas desconocidas que no parecen tener interés alguno para la gente, Christian Boltanski encuentra la razón de ser de su arte. Su obra representa un hito en la actualidad, pues salvo algunas excepciones, el arte contemporáneo no parece interesado en lamentar o conmemorar la muerte, como lo hizo en sus orígenes.

Christian Bolstanski Aunque su tarea como desenterrador de recuerdos haría pensar que su personalidad es siniestra o lúgubre, Christian Boltanski es antes que un artista un ser humano de cincuenta y pico de años, una persona muy amable y risueña, antisolmne y amante de la vida y el buen vivir. Su única aspiración es que al morir alguien lo recuerde por tres minutos (lo contrario del adagio warholiano que sentencia que todos seremos famosos quince minutos), que alguien reinterprete sus instalaciones efímeras como hoy se interpretan las partituras y se reproducen los sonidos de la música sinfónica.

 

 

 

 

 

 

La exposición Sombras de Christian Boltanski estará expuesta hasta febrero de 2003 en el Museo de Santa Rosa, calle 14 poniente y 3 norte, Centro Histórico, Puebla, Pue.

 

 

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Fecha de publicación: 20.02.1003