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Cada vez que veo las fotografías del libro
de Rosario García Crespo, me siento más sorprendido
en lo que estas representan: como registro de una meditación
sobre la naturaleza al interior de la misma. Me pregunto, por instantes,
si el efecto que producen estas imágenes es el resultado
de mi lejanía de la naturaleza, de la necesidad de entrar
en contacto con ella, y de mi consecuente envidia porque me siento
incapaz de llegar a tal intensidad. ¿Cómo contar con
la fe suficiente para creer en lo que veo en esas imágenes
y lo que no puedo ver? |
Las imágenes que entrega
Rosario en su libro Caminar para descifrar, recientemente presentado
en el Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA), abren una
posibilidad para el habitante promedio de la urbe. Rosario advierte
desde un principio que estas caminatas se originaron en la ciudad,
en sus calles y parques, en sus barrios y plazas, y paulatinamente
la llevaron a recorrer la naturaleza en lugares como el Camino
a Chalma, el Desierto de los Leones, los bosques y el campo en
Canadá. El libro es un recuento de esos recorridos y rituales
que practica la artista desde hace años, y que son su manera
de entrar en contacto con personas, plantas y animales, situaciones
de las cuales no nos percatamos, ocupados como estamos en la vida
diaria dentro de la ciudad.
Para acercarse a esta obra es fundamental comprender que, más
que representaciones de la naturaleza o el cuerpo femenino, la
artista nos presenta una actitud, de la cual el libro es una bitácora,
que consiste en ver la vida y el arte como un recorrido lleno
de hallazgos. Rosario no intenta solamente hacer un muestreo de
lo que el ojo y los pies, el cuerpo en general, detectan en la
caminata, también practica de ritos, que en las imágenes
se nos ofrecen como metáforas o alegorías de lo
que presencia de la naturaleza en el cuerpo propio, de lo que
nos une con la tierra, el fuego, el aire, el agua, un árbol
o una hoja. Es su manera de rescatar eso que hemos perdido de
nuestra experiencia: la relación con lo natural.
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Las fotografías nos recuerdan lo que
hemos olvidado. En ese sentido son opuestas a otras representaciones
del paisaje como la pintura. Las pinturas registran lo que el
pintor recuerda. La fotografía tiene algo de lo que la
artista ha querido captar, pero también muchas cosas más
que están en el encuadre de las que el mismo artista puede
no estar consciente. Dado que nosotros recordamos y olvidamos
diferentes cosas, la fotografía más que la pintura
cambia su significado de acuerdo a quien la está viendo.
Por ejemplo, comparto con Rosario algunos recuerdos, dado que
como ella he recorrido el camino a Chalma y he atrevesado los
bosques de Banff y Ontario en Canadá. No lo hice con la
meticulosidad y la regularidad que ella demuestra, pero al ver
sus fotografías vienen a mi mente ciertos recuerdos de
esas caminatas sin rumbo. La sensación de ser chupado por
el bosque, envuelto por los árboles y la tierra, deslumbrado
por los cuerpos acuáticos, viene a mi mente. Entre más
me adentraba en la soledad de los parajes sentía que había
dejado atrás ciertas ataduras. Me sentía menos terrestre
que cuando había empezado mi recorrido.
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La gente viaja por la naturaleza para ver aquello
que las guías turísticas quieren que veamos: las
cataratas del Niagara o las montañas Rocallosas. Pero
en general, creo que existe el sentido de que la naturaleza
es siempre la misma en escencia: en todas partes la luz y el
aire, la solidez y el movimiento de las cosas se repiten. Lo
más evidente es que el al entrar en el territorio natural,
el mundo a nuestro alrededor va perdiendo la carga utilitaria
que tienen las cosas en el paisaje citadino, aquello que denominamos
realidad. Es entonces cuando empezamos a vivir la naturaleza
como algo lleno de secretos inaudibles e invisibles. Lo que
es visible insiste en su presencia inmanente, no puedo eludir
su contundencia, algo me dice “aquí está
la vida”.
Específicamente las fotografías
de Rosario García Crespo contenidas en el capítulo
El bosque tienen la capacidad de hacernos pensar en ese abandono
de los hábitos estéticos, de lo pintoresco, de
lo romántico, lo exótico de la naturaleza que
vemos en el arte convencional. Nos dicen “somos parte
de esto”, de este mundo natural que precede a la realidad
inventada por la mano humana. De ahí surge, creo, esa
especie de ansiedad que siento en un principio al no poder encontrar
la fe que levante el velo que engaña a mis sentidos y
me permita encontrar el camino de regreso a la naturaleza.
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El caos, la indiferencia, la
entropía y la desolación que inunda las ciudades,
nos alejan de la armonía natural, eso tan inmediato que
hemos llegado a ignorar. Algo extraño ocurre en estas imágenes
del espacio natural. Los lugares fotografiados, la diminuta presencia
de la artista abrazada a un árbol o de pie en un acantilado,
esperan ser completados a través de la experiencia de quien
los ve. No podemos solamente mirarlos, como se ve una tarjeta
postal, tenemos que unir la experiencia a lo que está ante
nuestros ojos para desencadenar un estado de conciencia distinto.
Sólo entonces los colores, las fallas del terreno, la inmensidad
de las montañas comunican la urgencia de poner nuestro
cuerpo en contacto con la piel húmeda y trémula
de la tierra, el chasquido del agua en nuestros oídos,
la caricia de una rama en el vientre, la rugosidad de la piedra
que serpentea en la planta del pie.
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En la tercera parte del libro, aquella que la
autora dedica a los Mitos, asistimos a un proceso de abstracción
de la naturaleza, que comienza a convertirse en signo y símbolo
del todo, y de la relación de éste con los seres
humanos. Recurriendo a alegorías o metonimias (que expresan
el todo por la parte, la causa por el efecto) Rosario expresa
nociones culturales ligadas a la naturaleza, como el tiempo
circular, el nacimiento y la muerte, el vuelo y el aterrizaje,
lo femenino y lo masculino; para ello recurre al mito de Mercurio
con sus pies alados, la imagen de la Luna, el poder el fuego
y la sangre. A través de cada una de estas acciones solitarias
Rosario descubre para nosotros lo sublime de lo natural. Con
ella como guía comenzamos a descifrar los misterios invisibles
del mundo natural y nos consolamos por la pérdida del
paraíso.
Pocos tendemos la oportunidad de reactuar esos
mitos en el bosque o la montaña, sin embargo, nuestra
próxima visita a esos parajes no será lo mismo.
He aquí la generosidad de la artista, que al compartir
su intimidad con nosotros en este pequeño libro, nos
entrega la llave de entrada a experiencias cifradas en nuestra
mente, quizá más discretas pero igualmente unificadoras.
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