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Dentro de la obra de Rosario Guillermo
hay lugar para lo sagrado y lo humorístico (qué decir
de un título como Nuestra Santísima Señora
de la Solemnidad, 1999). No se deja llevar por la idea grandilocuente
de desempolvar la tradición prehispánica, antes bien
utiliza esos motivos geométricos, que la han acompañado
en toda su carrera, para hablar de sí misma con una cierta
holgura y cachondería. Por ejemplo, Diosa de la plenitud
(1996) es una escultura que inequívocamente alude a un juguete
erótico con tres protuberancias erectas. Esa es quizá
la parte que más me gusta de su obra, el desenfado, la soberbia
mesurada con la que se asume con una mujer que sabe lo que es y
le gusta ser lo que es.
Pocos se atreverían a pensar en la cerámica como
la gran puta de los medios plásticos. Hay demasiadas conciencias
que podrían estallar y son muchos los que defienden la pureza
del medio. Rosario Guillermo por el contrario; habiendo descubierto
la escultura en madera y piedra de dos grandes, Constantino Brancusi
y Luis Ortiz Monasterio, se enlaza con ellos en maridaje a tres
y va a parir una escultura que resume la estética de la escultura
moderna del siglo XX: arcaica, voluptuosa, desenfadada y desafiante.
En este terreno no hay quien pueda disputarle el lugar que merecidamente
se ha ganado en México y Europa, como la más enjundiosa
escultora de su generación. |