Por otro lado, si comparamos La Pasión
de Cristo a la puesta en escena que desde hace siglos se escenifica
aquí en México, en el barrio de Iztapalaba, veremos
que el deseo de las dos representaciones es que haya un realismo,
entendido como una forma de que nuestros sentimientos dominen sobre
la razón y quedemos convencidos de que las cosas suceden
como las vemos.
Desde que el hombre occidental comenzó a experimentar con
imágenes el problema de la visión ha sido el mismo:
como lograr el realismo. La pintura plana tenía que desarrollar
una profundidad y volumetría que engañara al ojo.
La fotografía tenía que atrapar la luz y el movimiento.
El cine llegaría a representar el movimiento y el sonido
sincronizados. La televisión tuvo que romper con la noción
de tiempo entre el hecho y su difusión y creó la transmisión
en vivo y simultánea desde el lugar de los hechos. Hoy día,
que vivimos en esa realidad “más real” y que
podemos incidir en ella a través de nuestras cámaras
de video (y vaya que lo hemos hecho, sino pregúntele a Bejarano),
habría que preguntarse por qué una película
como La Pasión de Cristo tiene una controvertida
vigencia. |