Hay algo de banal
y trivial, algo de azaroso en esa relación con el objeto
cotidiano y con el paisaje cultural. Es la energía que de
desprende al caminar, o al hablar o llenar un formulario en una
oficina. Las pequeñas acciones comienzan a tener más
sentido para nosotros que los aspectos macro de la economía
y la política. Quizá el arte de todos los tiempos
reparó en estos hechos sin que pudiéramos evaluarlos,
atentos como estábamos al calificar talento del autor, reconocer
la técnica empleada o el tasar valor del objeto artístico.
Hoy día el artista parece más interesado en lo que
no es interesante, en lo que no es relevante, en lo que ya se ha
dicho y está oculto en la repetición y en la trivialidad
de cada momento.
Vivimos rodados de un paisaje vibrante, que se repite en nuestra
mente todos los días y que está demasiado inserto
en la vida para que podamos verlo o cartografiarlo. Vivimos en un
paisaje mental que solo se hace evidente cuando lo repetimos o lo
clasificamos en una categoría aleatoria e irracional. Cada
vez que dejamos de vivir hacia fuera volvemos a la topología
de nuestro paisaje mental. |