Son
las doce del día y Rosa Martínez, curadora del segmento
de la bienal que lleva el título Siempre un paso más
allá, luce radiante con una sonrisa que le recorre el
cuerpo, acompañada de una de las guerrilla girls,
el grupo anónimo de mujeres disfrazadas con máscaras
de gorilas, que desde hace más de una década se ha
dedicado a poner el dedo en la llaga de los museos y las instituciones
artísticas para denunciar la escasa participación
de la mujer en la historia y las colecciones de arte.
Por su parte María de Corral, la otra curadora invitada,
menos radical y más académica que su compañera,
ha hecho una selección de carácter histórico
que lleva por título La experiencia del arte,
en la que ofrece una visión, sobretodo pictórica,
del curso del arte en los últimos cincuenta años.
Para ella la bienal es un centro de experimentación más
que un conglomerado de certidumbres, en el que domina la intensidad
del arte sobre las categorizaciones.
En
el Arsenale, el enorme bodegón que otrora resguardó
los avíos militares venecianos y que hoy es usado como sala
de exposición, dos grandes carteles dan la bienvenida a visitantes
de todo el mundo, que como cada dos años se dan cita en el
evento artístico de más larga tradición en
el mundo. La bienal, anuncian los carteles diseñados por
las chicas gorila, finalmente es dirigida por dos mujeres. ¿Dónde
están las artistas venecianas? pregunta el cartel en
el que sardónicamente muestra la imagen de un hombre vestido
de traje blanco montado sobre una atractiva mujer rubia. En efecto,
Venecia cuna de una de las grandes tradiciones artísticas
desde de los siglos XVI y XVIII ha sido un enclave de artistas varones,
en el que la presencia de la mujer se limita a unos cuantos nombres
, pese a que la imagen de su cuerpo habita miles de cuadros y esculturas.
Y aunque este tipo de arte políticamente correcto ha tenido
mejores días, la apuesta de Rosa Martínez por lo que
será el siglo de la mujer y lo femenino tiene eco, pues no
se trata del feminismo recalcitrante de antaño sino de una
visión de la experiencia femenina más que de las ideas.
Jean Paul Sartre lo señalaba: las mujeres hablan desde su
experiencia y los hombres solo de ideas, para parecer inteligentes.
Al
pasear por los amplios pasillos del Arsenale, la selección
de obra y artistas amplía los temas; la presencia femenina
es una apuesta por definir el futuro del arte, que según
Rosa Martínez tendrá “el sello de lo social,
la matriz de lo real, el juego de lo virtual, la fuerza y la belleza
de lo efímero”. Pocas piezas resaltan por su actitud
contestaria y de denuncia, como la obra de la guatemalteca Regina
Galindo, quien recibió el primer premio de la bienal para
artista joven. Galindo presenta tres registros en video de acciones
en la vía pública. El primero lleva por título
Piel, en la que la artista se depila todo el cuerpo y camina
desnuda por Venecia. El segundo, Quién puede borrar las
huellas, es de 2003 y muestra a la artista caminando con una
tina de sangre en la que remoja sus pies para luego dejar sus huellas
sobre el pavimento. La acción concluye frente a la comandancia
general de policía de Guatemala, con la artista confrontando
a una decena de uniformados. El tercero, de 2004, es Himenoplastia,
y presenta la operación quirúrgica practicada en la
vagina de la artista para reconstruir el himen. Una práctica
a la recurren jóvenes mujeres que han sido violadas, y que
a fin de ser aceptadas como esposas legítimas se someten
a este tipo de intervención. Una obra dura que refleja la
violencia de que es objeto la mujer en todo el mundo.
Durante la inauguración de la bienal Regina Galindo presentó
una acción titulada Golpes, para la cual se encerró
en una pequeña habitación y se flageló una
vez por cada una de las 394 mujeres que han sido asesinadas entre
2004 y 2005 en Guatemala. Escalofriante por los sonidos y la duración
de la misma, la acción dejará una constancia de que
el arte es estética pero también representa una postura
ética que tiene un peso decisivo sobre la sociedad.
Una rosa es una rosa es una rosa
La 51° bienal acusa un tono distinto al de sus dos ediciones
anteriores. Es más pequeña, con menos artistas y menos
secciones. El recorte de tiempo de preparación se refleja
en la cantidad de obras y la espectacularidad de las mismas.

En la edición 2003 el número de artistas participantes
llegó a 350, en esta ocasión, las dos exposiciones
principales suman 92 artistas, de los cuales 24 son originarios
de Hispanoamérica y 35 son mujeres. “En el contexto
artístico actual”, señaló Rosa Martínez,
el fenómeno de la proliferación de artistas en todo
el mundo y la apertura de nuevos territorios para el arte, las ferias
de arte han jugado un papel que relega a los museos y bienales a
un segundo lugar. No obstante, en el aspecto artístico, los
temas han sido revigorizados debido a la creciente participación
de países geográficamente remotos y a la pujante presencia
del género femenino. Como curadora me interesa demostrar
el papel cultural que juega la bienal. Espero demostrar que la curaduría
introduce un orden filosófico y cultural al caos que generan
los mercados de arte”.
En las últimas ediciones la bienal ha sido el blanco de
duros juicios sobre la función que cumple y los resultados
que obtiene. Las críticas a la bienal anterior condenaron
la inclusión de obras descomunales que implican grandes costos
de producción, que convierten al arte en un espectáculo
más, y, por el otro lado, se juzga dispendiosa e inútil
la participación de artistas de los cuales nunca se vuelve
a saber. Para Rosa Martínez el criterio de selección
ha sido invitar a artistas establecidos que han mantenido una posición
en los últimos diez años, y “evitar la idea
de que la bienal es un enorme supermercado donde todo puede acomodarse”.
Es
patente que la novedad y las propuestas se surgen de los lugares
menos esperados, frecuentemente no asociados al mercado del arte.
Tal es el caso de Joana Vasconcelos por ejemplo, artista portuguesa
que presenta una de las obras más llamativas, La novia
(2001), un enorme candil hecho con miles de tampones femeninos,
metáfora del romanticismo idílico que envuelve el
tema de la mujer, siempre vista como un objeto de adorno, soslayando
su identidad y diferencia. A unos pasos de esta pieza se encuentra
Semiha Berksoy (1910-2004), una artista marginal originaria de Turquía,
quien vivió la mayor parte de su vida ignorada por el mundo
del arte. Sus cuadros de mujeres en extremo sencillos y de factura
no académica, rebozan vida y pasión, verdad y ternura.
Seguramente las obras debieron pasar décadas almacenadas,
el estado de conservación así lo deja ver, y solo
ahora, de manera postmortem, la bienal abre una ventana para conocer
el trabajo de esta gran artista. A lo largo del recorrido es evidente
que las piezas se enlazan unas con otras sin divisiones que las
separen. Los temas de lo doméstico se funden en piezas de
artistas como Subodh Gupta, originario de la India, con sus docenas
de utensilios de cocina colgados meticulosamente, con el video de
una elegante mujer que observa detenidamente un delicado juego de
té, de la pakistaní Runa Islam, junto a la sutileza
de la escultura de la libanesa Mona Hatum que presenta una jardinera
zen con un movimiento rotatorio lento que traza y borra surcos sobre
arena blanca. Todo indica una sensibilidad particular, una atmósfera
contemplativa.

Ya desde sus curadurías para la bienal de Estambul (2002)
y Santa Fé (1999) Rosa Martínez había dejado
claro su voluntad por recuperar los discursos femeninos del arte.
Sin embargo, extraña que en esta bienal no estuvieran representadas
artistas de reconocida trayectoria como Ana Mendieta, Lygia Clark,
y Judy Chicago. Sin embargo, están presentes las obras de
la gran dama del arte contemporáneo, Louise Borgueois, que
a sus 94 años experimenta con una pieza sonora en la cual
entona una melodía nostálgica (El murmullo del
agua cantando, 2002). Sus esculturas metálicas en forma
de espiral (Sin título, 2004), hace referencia a
la historia desde una perspectiva no lineal, reflejando el carácter
caótico y cíclico de la vida.
También hay lugar para el humor, la comedia y la ironía.
Los videos de Blue Noses, un colectivo de artistas rusos, representan
las más convencionales ideas masculinas del sexo con una
fórmula cómica que recuerda el cine mudo. Jimmie Durham,
como ya es característico en su obra exotiza la cultura occidental,
con una acumulación de herramientas y objetos decorativos
y referencias animales, que enfrentan lo tecnológico con
lo ritual bajo el título Algo (Quizá una elegía
o una fuga). Por su parte el alemán John Bock realizó
tres performaces dentro de una instalación alusiva el complicado
mundo masculino, lleno de objetos fetiche y situaciones escatológicas,
que traen a la mente que el desorden mundial es producto de los
estúpidos hombres blancos.
Dos
obras sobre que versan sobre el museo y la herencia moderna son
producto de la reflexión del mundialmente conocido arquitecto
holandés Rem Koolhas y el argentino Sergio Vega. El primero
presenta una serie de apuntes y fotografías sobre el proyecto
de renovación del museo del Hermitage, el más grande
del mundo, en el cual se cuestiona la necesidad de rehabilitar sus
más de mil salas. Koolhas apuesta por dejar intactas el deterioro
y la improvisación de los espacios, como parte importante
de la historia. Sergio Vega , por su parte, realiza una instalación
de un típico lounge de aire brasileño, con
muebles y música de los 60, representativo de la modernidad
latinoamericana. El ambiente cool de ésta contrasta con la
reconstrucción de favelas y la destrucción del medio
ambiente que ocasionan los proyectos liberales en la ciudad y la
región amazónica, y la representación de animales
selváticos en esculturas de fibra de vidrio que operan como
vestigios de la fauna extinta. En un tono similar, la brasileña
Vasleska Soares construyó una casa hexagonal rodeada de espejos,
como la mayoría de los rascacielos actuales, donde se exhibe
un video de una pareja bailando un tema sesentero como The Look
of Love, como una ironía a los programas arquitectónicos
utópicos que dieron origen la ilusión de progreso.
Entre las propuestas para el nuevo milenio se encuentra la obra
de la japonesa Mariko Mori: una enorme cámara de acrílico
aperlado en forma de glóbulo ocular salida de un relato de
ciencia ficción o una tira cómica (Wake UFO,
1999-2002). El público es invitado a entrar en el artefacto
por el iris del ojo y someterse a una encefalograma que lee los
impulsos alfa, beta y gama del cerebro. Acostado sobre un cómodo
respaldo, rodeado de una pantalla semicircular, el visitante experimenta
la formación de imágenes mentales abstractas parecidas
a un calidoscopio multicolor. La obra hace pensar en las experiencias
utópicas de un arte tecnológicamente sofisticado,
que va más allá de la visión óptica
para introducir al espectador en la experiencia interna de carácter
místico.
A
pesar de la tecnología que sugiere el proyecto, la aventura
curatorial de Rosa Martínez está más centrada
en las prácticas rituales y colectivas. Varios videos (el
de la coreana Kimsooja, el ucraniano Oleg Kulik, el albanés
Adrian Paci y los perfromances de la colombiana María Teresa
Hincapié y las fotografías de la española Cristina
García Rodero), sugieren la relación entre las prácticas
chamánicas e iniciáticas, los comportamientos de las
masas y los clanes, que en aún en esta era siguen teniendo
un efecto catalizador, porque es ahí donde se manifiestan
las neurosis colectivas en las que vivimos y circulan energías
reparadoras. El legado de la exposición sugiere que el papel
de lo femenino es un regreso al interior, al sentimiento y un abandono
de la idea lineal de progreso y de una vida enfocada a lo externo
y el vacío.
De la representación pictórica
a lo real, la experiencia del arte
Para María de Corral, curadora de la muestra La Experiencia
del arte, la bienal es una oportunidad para abandonar las lecturas
estilísticas del arte y ofrecer experiencias como la nostalgia
de un pasado irrecuperable; el mundo de los afectos y estímulos
que conforman nuestra identidad; las visiones del cuerpo, su fragmentación,
muerte y desintegración; el poder y la violencia, la crítica
social expresada a través del humor y la ironía y
la redefinición de imágenes y narrativas visuales
apropiadas de los medios de comunicación masiva.

El pabellón Italia es una estructura arquitectónica
compleja, dividida en múltiples espacios, que, a diferencia
del Arsenal, anulan la secuencia de las obras y crean núcleos
aislados. La sala central opone dos tipos de obra que marcan la
distancia entre el objeto escultórico y la experiencia de
la imagen digital. Las fotografías de Thomas Ruff, ampliaciones
de fotografías que acusan una pixelación de la imagen,
representan paisajes distorsionados de ambientes bélicos
y bucólicos. Las imágenes del mundo, tomadas de la
Internet, contrastan con la materialidad del objeto escultórico
de Rachel Whiteread, una mole de cemento vaciada a partir de una
escalera de una vivienda británica tipo clase media. Ambas
obras nos sitúan en los extremos de la representación
del mundo, por un lado la imagen digital sugiere una realidad expresada
en una convención fotográfica informativa, mientras
que la escultura nos permite percibir el espacio negativo de los
espacios comunes por los que transitamos, aquel del cual nunca estamos
conscientes.
Gran énfasis ha puesto la curadora en presentar una visión
del cuerpo humano a través de la pintura. A partir de las
obras de Francis Bacon, Antoni Tapies y Philip Guston, y la sudafricana
Marlene Dumas, cada uno con una representativa selección
de su obra en su respectiva sala. La curaduría expone de
manera exquisita las diferentes soluciones que a partir el color
y la textura, la pincelada y la restricción formal han dado
origen a visiones del cuerpo: la tactilidad material en Tapies,
la dinámica fotográfica en Bacon y el pulso manual
de la pincelada en Guston, y la evocación de la muerte en
las veladuras e impastos de las sutiles pinturas de Dumas, quien
encabeza el llamado triunfo de la pintura actual.
De
las propuestas históricas pasamos a las practicas pictóricas
no representativas, abstractas, entre las cuales sorprende la presencia
de la recientemente fallecida Agnes Martín (1912-2004), una
pintora excepcional, cuya obra es de un carácter profundamente
contemplativo, construida a partir de unas cuantas líneas
y formas geométricas, con un uso elegante del color y mucho
énfasis en el tono. En contraste, el francés Bernard
Frieze realiza en sus lienzos una minuciosa investigación
sobre el carácter del color y su relación con la forma,
obteniendo resultados muy placenteros para el ojo o que también
instigan el sentido del tacto. Junto al colorido de Frieze parecería
que las pinturas del español Juan Uslé son tediosas
por su monocromatismo, pero la variedad de tonos de gris y la consistencia
de las formas lineales constituyen el límite opuesto de la
experiencia pictórica, cercano a la escultura debido a la
rica textura.
Gabriel Orozco, el único mexicano en toda la bienal, también
vuelve a la pintura, guiado por su obsesión por la forma
redonda y el juego de las progresiones matemáticas, y con
el barroquismo visual que solía emplear en sus primeras obras,
para cerrar el círculo de su carrera.
El redescubrimiento de la pintura figurativa corre a cargo de un
joven alemán de nombre Mathias Weischer, de tan solo 32 años.
Sus pinturas parten de la experiencia de los planos de color y la
representación de espacios cerrados en los que el color y
sus vibraciones dejan ver porque el video nunca podrá sustituir
a la experiencia visual y táctil de la pintura. Los interiores
que representa son alusiones a la pintura misma, el estudio, la
tela, la sala de exposición. Weischer descubre el sentido
de la práctica pictórica tanto en la forma de manejar
el material en capas gruesas y planas como en el juego temático
entre naturaleza muerta y la vitalidad plástica de lo pintado.
En la escultura la curaduría establece asociaciones que
recorren los extremos de la experiencia de lo real. Bruce Nauman
sitúa al arte en los límites del lenguaje y la experiencia
del cuerpo en relación con el objeto. Su instalación
de video y silla con una cabeza vaciada en cera titulada Shit
in your hat, head on a chair (1990), es un juego de palabras
que combina los gestos y movimientos de un mimo grabado en video,
el cual sigue las instrucciones verbales de una grabadora, demostrando
la incapacidad de expresar el sentido del lenguaje a través
del cuerpo.
En
las esculturas de Juan Muñoz (1953-2001) se articula un mecanismo
similar al de Nauman: la risa, la hilaridad como expresiones de
la paradójica condición humana. El lenguaje de la
escultura es capaz de sintetizar la experiencia del momento, de
manera que la instantánea fotográfica no es capaz
de revelar. Colocadas en los jardines que rodean al pabellón
italiano se presentan dos graderías sobre las cuales grupos
de hombres sentados, empleados disfrutando de un encuentro casual,
ríen hilarantemente y uno de ellos que acaba de caer gradas
abajo, empujado quizá por su propia risa. La inmovilidad
de las esculturas es abolida, su solemnidad asimilada a una escena
de película cómica. La relación entre arte
y vida es perfecta, al grado que nos hace sentir partícipes
del gesto efímero arrebatado al eterno presente.
Los imaginarios del cine revisados
Cine y video se confrontan en la exposición. Ya sea a través
del video de pantallas múltiples de la finlandesa Eija-Liisa
Ahtila (La hora de la oración, 2005), en el cual
relata la historia de una mujer que pierde a su perro a causa del
cáncer , y realiza un viaje a otra parte del mundo, donde
a diario despierta con del sonido de los perros callejeros que ladran
al escuchar las campanas de una iglesia. Se trata de una secuencia
armada de segmentos documentales y una voz que narra y enlaza las
imágenes de las cinco pantallas que funcionan como un solo
relato. El canadiense Stan Douglas, por su parte presenta una película
(Incosolable memories, 2005) que declaradamente se sitúa
en la narrativa cinematográfica para contar una historia
en blanco y negro de un hombre en Cuba que también vive bajo
la sombra del fantasma de un amigo que le ha dejado una herencia
de obsesión. En ambas narrativas la nostalgia es el sentimiento
que articula las experiencias, que le da el sabor a las imágenes
y que elude la idea de un final, pues siempre habrá un recuerdo
presente que modifica el pasado y viceversa.
Otra
de las zonas de la exposición explora cómo las diferentes
tecnologías de la imagen crean universos y lenguajes insospechados
que generan formas de comprensión de la experiencia humana.
Usando la animación y el dibujo el sudafricano Robin Rhode,
presenta videos donde retrata a un grupo de niños que parecen
montar un caballo dibujado en el piso. Mediante una secuencia fotográfica
crea la ilusión de que el caballo tiene vida e intenta tirar
a los niños montados sobre su lomo. De la misma manera en
el video del catalán Perejaume fusiona el movimiento de la
vida silvestre de unos venados con una pequeña escultura
que representa la firma de Courbet, localizada en la esquina inferior
de la pantalla, en referencia a la capacidad del hombre para captar
la vibrante pulsión de la naturaleza sea a través
de la pintura o el video.
Por medio de la animación cinematográfica de dibujos
al carboncillo William Kentridge construye y destruye su propia
imagen. El movimiento constante de su autorretrato, que el artista
dibuja y rasga sobre un papel y la cámara presenta en reversa,
se enlaza con una animación proyectada en otra pantalla sobre
el movimiento de la tierra y de los astros, que , desde la antigüedad
han sido interpretados como puntos de referencia y figuras míticas
de humanos y animales.

Las animación cinematográfico son un paso en el camino
de la representación aparente del movimiento y el tiempo
y la simbolización de la experiencia y conservan algo del
pictorialismo cinematográfico. Las lecturas semióticas
de los discursos cinematográficos que revelan una conciencia
de los significados ocultos detrás de la imagen en movimiento,
corresponden a la sudafricana Candice Breitz y el italiano Francesco
Vezzoli, ambos son retrabajan con imágenes extraídas
de los medios, particularmente del cine y la televisión estadounidense.
La primera deslumbra con su edición de famosas películas
de las que extrae escenas y elimina el contexto visual en torno
a la figura del actor. Sobre el fondo negro se observan las cabezas
parlantes de los actores que refieren comentarios sobre la relación
padre-hijo. Las diferentes pantallas establecen un diálogo
sincronizado a través de breves parlamentos de actores como
Robert de Niro, Dustin Hoffman y otros. Utilizando películas
en las que el papel principal lo desempeñan actrices como
Susan Sarandon, Meryl Streep, las frases repetidas machaconamente
se dedican a la relación entre mujeres. Lo más revelador
de estas piezas es como muestran que en los diálogos reiterativos
se esconden juicios y prejuicios que cuando los vemos en el contexto
narrativo en la proyección de una película suelen
pasar desapercibidos. Breitz nos enseña el valor del video
como una herramienta que puede abrir y desentrañar los discursos
visuales más comunes.
Francesco
Vezzoli realiza un corto, de esos utilizados por las distribuidoras
comerciales de cine para promover avances de las películas.
Vezzoli utiliza fragmentos de películas que reconstruidos
para crear una mimesis paródica. En esta ocasión se
basó en la película Calígula, aquel
éxito de taquilla soft porn de los años 70. Vezzoli
rehizo los diálogos y el reparto estelar de la película,
e invitó al guionista original de la cinta, Gore Vidal ,
para producir el promocional Incluso la sala de proyección
simula un cine y es, dentro de la bienal, uno de los eventos que
mayor número de espectadores atrae. Al lado de esta presentación
con un sonido y la voz atronadora del locutor, el video de la británica
Tacita Dean es de una gran humildad, pero su fuerza reside en que
representa la puesta de sol sobre una ventana del edificio de la
antigua policía de la desaparecida república democrática
alemana. La historia, la crítica y la estética se
dan cita en este sencillo y revelador cúmulo de imágenes
móviles.
Entre los dos segmentos, el de Rosa Martínez y el de María
de Corral existe una complementariedad. Por un lado, Siempre un
paso más allá explora los márgenes de la producción
visual, por el otro, La experiencia del arte es una indagación
sobre artistas que hoy constituyen puntos de referencia y ofrece
un panorama de las tendencias y articulaciones tecnológicas
de la imagen que pueblan el horizonte artístico contemporáneo.
La exposición, aunque resulta redundante, deja en claro que
el arte visual de hoy funciona como aglutinante de tecnologías
de la imagen, que unen, como el cemento a los ladrillos, el edificio
de la cultura y nos demuestran que la cultura de la imagen es una
torre de Babel.
Fotografías
de José Manuel Springer |