Marco Lamoyi es un artista que se mueve entre la fotografía
y la pintura. Explora las dimensiones de cada uno de estos medios,
la línea, el color, la masa y el volumen pictórico.
Lamoyi tiene años experimentando con las formas de representación,
en ocasiones se inclina por la fidelidad realista y en otras,
como en su pintura reciente, se adentra a las tres dimensiones
del color: tono, opacidad y pureza.
Yo lo llamaría un sensualista que busca la perfección
y la pulcritud del oficio. Respeta mucho el medio en el que
trabaja y cuida la factura de sus obras, la presentación,
el ángulo de la toma, no se deja llevar por los facilismos.
Conoce el material y quiere extraer de él toda la expresividad
que le permite.

La decisión que tomó Marco Lamoyi hace algunos
años de girar el eje de sus pinturas figurativas hacia
la abstracción, a la vez que continuaba con su trabajo
fotográfico realista, no solo extendió el campo
de su muy literal punto de vista de la pintura como materia prima,
también separó de manera desafiante todas las implicaciones
de los aspectos visuales de su serie llamada Uussshhh.
Trabajar con el óleo como pasta colorida facilitó
el uso de la onomatopeya como título, que lo convierte
en un punto de referencia en el cual se conjura un espécimen
–una categoría de objetos que responde a la visión
de la pintura como materia pura, tangible y resbalosa, resistente
y moldeable, dura y de apariencia cremosa, que se percibe en estas
obras. No hay referencias a experiencia real, ni poética,
mucho menos anecdótica, se trata tan solo de una alusión
al sonido sordo que produce el óleo al ser mezclado y aplicado
sobre la tela.
La serie recuerda también la noción de la teoría
del caos sobre cómo el simple movimiento de la alas de mariposa
en un lugar puede tener efectos en otro sitio mucho más distante.
Y esto está conectado con la forma en que la obra de Lamoyi
define la versión contemporánea de abstracción:
centrar la atención en algo insignificante es igual a diluir
la concentración en aquello que es accesorio.
En
las siete obras que conforma esta serie Lamoyi explora el color
y la consistencia del óleo a gran profundidad. Tres de las
obras son grandes fragmentos de óleo sobre una pequeña
tela, que dejan ver la mezcla de tres o cuatro colores a través
de los filamentos que se forman con la espátula. Cada pedazo
tiene un color dominante, limpiamente logrado a través de
una mezcla uniforme de pigmentos. En varias ocasiones, como en las
obras Nnmv, Thhno y Ghyie los colores
base son el resultado de una mezcla uniforme de pigmentos primarios
que dan por resultado colores quebrados o secundarios, los cuales
son mezclados nuevamente para darles una nuevo acorde cromático,
esta vez dejando ver limpiamente los hilos del color empleado. Hay
que enfatizar esa limpieza de la mezcla pues las pinturas de Lamoyi
llevan la impronta de su manufactura en una forma que resulta honesta,
ya que los cuadros son el resultado de una mezcla de óleos
que se hizo fuera de la pequeña superficie de la tela.
La textura es un componente clave, principalmente porque Lamoyi
deposita el óleo sobre la tela con una combinación
de cuidado y espontaneidad que remite a pensar en una especie de
pinceladas gigantes o fragmentos ampliados de un cuadro expresionista.
Es en esta aplicación en la que sus obras recuerdan al genial
Piet Mondriaan y su serie de pinturas Woogie Woogie en Broadway.
Al igual que las pinturas del célebre neoplasticista holandés
de los años 30, la obra de Lamoyi es un concentrado esfuerzo
en plasmar la pintura con precisión a la vez que se deja
llevar por la pasión. En las obra de Mondriaan la aplicación
de la pincelada dentro del pequeño espacio de una línea
recta es el resultado de un perfecto balance entre el límite
de la forma y la textura de la pincelada; en Lamoyi la forma es
el estrecho límite del cuadro— que contrasta con los
grandes lienzos abstractos de las escuelas neoyorquina y parisina
de los años 50— el fluir desbordado de la consistencia
del óleo sobre el rectángulo de tela.
Además de la presencia sensual del óleo, lo que
hace que las pinturas sean particularmente exitosas es su capacidad
connotativa de un amplio rango de emociones: que van desde la dicha
que comunican los rojos mezclados con blanco en Symkn,
a la contemplación templada de Gyth que transmite
la emoción de un soplo de viento congelado. El hecho de que
estos efectos sucedan en nuestra percepción no tiene que
ver nada más con las características del color, o
acaso con la imitación física, sino con la refrescante
apertura de interpretaciones que emanan de la naturaleza del medio
pictórico, asociado con la presentación de las emociones
más puras de las que es capaz el ser humano. Aquí
está el argumento más sólido que ofrece la
obra de Lamoyi en pro de la existencia de la pintura: la sensorialidad
del medio resulta irrepetible e intraducible a otros soportes y
técnicas.
El
color puede ser el principal y más auténtico aspecto
de la pintura, pero puede resultar pintoresco cuando se convierte
en efecto que sólo atrae la atención. Las obras de
Lamoyi no tienen nada de pintoresco, por el contrario, carecen de
esa visión retro expresionista que acusan las obras de algunos
pintores abstractos actuales. En la serie de Uussshhh no
hay la explosión del color y las texturas, ni el tratamiento
intencionalmente sucio del color, que caracteriza a los neoexpresionistas,
mucho menos ese efecto de falta de cuidado o intempestiva rapidez
de brochas cargadas de pintura. La perfección y pureza del
color es parte del contenido de la pintura de Lamoyi: denota su
confianza natural en su oficio y la facilidad con que se mueve en
el estrecho límite que se ha impuesto, de ahí que
sea la intensidad lo que él propone contra el pintoresquismo
rampante del llamado renacimiento de la pintura y la inanición
racionalista del arte concepto.
El color no es irracional, tiene reglas y una lógica que
permiten trabajar con él y llegar a nuevos horizontes. El
círculo del color, el espectro de color y la teoría
del color son herramientas de esa racionalidad que el artista debe
trascender para producir una excitación perceptual y crear
un sentimiento de elevación en el observador cuando lo ve.
En los últimos años, el arte se había convertido
en lo más no-visual de una cultura basada en las imágenes,
la frialdad del concepto se impuso sobre la experiencia que podría
promover el arte. La pintura de Lamoyi se aleja del significado,
nos acerca a una saludable experiencia estética, en la que
no tenemos que preguntarnos qué significan sus cuadros sino
únicamente disfrutar del placer de sus colores y de su capacidad
para superar las reglas del oficio en pro de la sensualidad sin
límites.

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