| Big Bang, la metáfora
del arte del siglo XX. |
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| El arte del siglo XX provocó un
terremoto. La destrucción que originó se hizo
a nombre de la creación. El caos en el que hoy vivimos
es, en parte, resultado de ese sismo: Destrucción de
categorias, rechazo de la catalogación, exaltación
del impulso sobre la razón, celebración de la
existencia, igualación de la vida y la muerte, el arte
y la vida. Estos son los procedimientos que dan al arte moderno
su carácter particular. |
| No obstante,
la gente, el común denominador de las personas, sigue
refiriéndose al arte como creación, producto
de la creatividad, y sigue asociando al arte con los valores
más altos de la cultura. ¿Será posible
que se haya percatado de que el arte moderno es una conjura
contra la sociedad, un complot contra el sistema? O será
que los museos se niegan a aceptar el hecho de que sus acervos
modernos son en realidad arsenales de la subversión,
que pueden funcionar en contra de sí mismos? ¿Quién
es más ingenuo, quién desea ocultar la cara
ante el sismo o quien difunde el arte ajeno al cataclismo
latente?
Sentados sobre ese montón de desechos que llamamos
arte moderno, escrudiñando la destrucción
y sus efectos, es una manera de evaluar lo sucedido. O por
lo menos eso es lo que intentan los curadores del Centro
Georges Pompidou en París. Los responsables de la
colección de arte moderno y contemporáneo
decidieron por primera vez en la historia del museo disponer
las obras de acuerdo a una visión apocalíptica
del mundo y del arte. El nombre que le dieron a la exposición:
La Gran Explosión (el Big Bang),
un reflejo de ese estado convulso del arte y de su efecto
sobre sus públicos. |

Olivier Mosset,
"Sin título" |

René Magritte,
"La Violación" |
Para poder
tragarse esa pildora habría que hacer una reflexión
sobre lo que signfican destrucción y creación.
Efectivamente, hasta principio del siglo XX, el arte, la
cultura, reflejaban los valores de la tradición y
de la estabilidad del sistema. Fueron los filósofos,
los humanistas, los que introdujeron, con sus ideas, la
sensación de que todo se venía abajo: destruyeron
la idea del individuo y de la nación, cuestionaron
el valor de la moral, se subviertieron la ética y
pusieron en duda el conocimiento. Por su parte, los artistas
se encargaron del resto: acabaron con la simetría
de la belleza (Las señoritas de Aviñón),
levantaron un altar al caos (Dadá), negaron el valor
de la civilización (Arte Bruto) y promovieron la
estética de la guerra (Futurismo). En suma, se colocaron
del lado de la destrucción. Así empezó
el arte del siglo XX. |
¿Qué quedaba de la creación,
de la estética, de las utopias y el pensamiento positivo?.
No mucho. La realidad. La guerra a nivel mundial. La muerte
en masa. El piscoanálisis y el fin de la normalidad
se erigieron como principios rectores de la Modernidad.
El nuevo pathos, la enfermedad que se cernía
sobre el siglo XX, fue cubierta con un velo: el de la tecnología,
el desarrollo, el sueño de lo nuevo. Al final de
la centuria todo devino en una pesadilla, una cortina de
humo auspiciada por el consumo. La creatividad se convirtió
en patrimonio de la mercadotecnia, al servicio del consumo.
La creación artística derivó en parodia,
sarcasmo, paráfrasis y cinismo.

Andy Warhol, "Diez
Lyz"
De ese estruendosa explosión que reflejó
el arte queda un lúgubre testamento: se formalizó
la destrucción como estrategia de la creación.
La destrucción es la manera en que el presente se
relaciona con el pasado. La libertad asociada a la creación
se ejerce como el derecho a ignorar, negar o rechazar cualquier
valor.
Si bien en la vanguardia del siglo XX el artista se volvió
el único árbitro de su obra, la obra misma
perdió su autonomía. Basta ver la reacción
del público que asiste a la exposición y se
detiene a ver el la Monalisa de Duchamp. Le parece
que su chiste está fuera de lugar, el discurso que
la sostiene es inapreciable y queda sepultada por el caos
del pasado. Da más que decir la Elizabeth Taylor
de Warhol, que por lo menos es algo más actual, o
sea más vacía. |
| El planteamiento
de la exposición no es la destrucción en sí
sino la construcción de la destrucción del
arte moderno que hace que el presente esté inundado
en el relativismo. Qué más da cuál
es su origen, o si vale la pena enterarse. La selección
de la obra es una secuencia de minas de fragmentación
que aguardan la mirada de alguien para detonar. En el mundo
de la información visual el ciego es rey, la ignorancia
es una bendición que salva. |
| Para documentar
el optimismo del lector me remito a la sección de la
muestra consagrada a la Destrucción, qué fue
lo que se demolió : 1) El cuerpo desilusionado: El
cuerpo como centro del conflicto y de la inestabilidad del
mundo; 2) La desfiguración: la celebracion de la fealdad
y de la violencia inflingida en el rostro y en el cuerpo,
abusados y dislocados hasta la monstruosidad. 3) El caos:
el rompimiento con la materialidad de la obra, provoca una
relación caótica entre el motivo y el trasfondo
de la obra; 4) La abstracción de la ciudad: abolición
de las distinciones entre pintura, escultura, arquitectura
y diseño, para llegar a un arte total. 4) Transición
a lo horizontal: la obra de arte se basa en la modularidad,
en la repetición y la expansión 5) La criba:
el sistema de organización moderno se vuelve repetitivo
y geométrico. |

Max Ernst, "El
Jardín de Francia" |

Annette Messager,
"Mis votos"
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Algunas de
las obras que marcan estos procedimientos son: un collage
fotográfico de Annette Messager, pequeñas
imágenes colgadas de hilos formando un círculo
hecho con partes del cuerpo inconexas. El acróbata
azul, de Picasso, una pintura del cuerpo contorsionado
representado por un dibujo de contorno, vacío en
su interioridad. La mencionada serie de retratos de Elizabeth
Taylor, de Warhol; un registro cinematográfico de
la obra Intersección Cónica de Gordon
Matta-Clark, acción en la que atravesó un
conjunto de edificios deshabitados para crear un tunel interior
que desmembra el espacio interior. Las Antropometrias
azules de Yves Klein, y otras tantas obras de Mondrian,
Klee, Malevtich, Judd. El criterio cronológico, que
había regulado la exposición de la colección
hasta ahora, ha sido totalmente abolido.
El procedimiento de la exposicion está complementado
con la inclusión de pasillos angostos y vitrinas
donde se exponen los textos seminales de la época,
asi como dibujos arquitectónicos, maquetas y otras
obras no convencionales (publicaciones, libros de artista,
objetos), que fungieron como catalizadores o disparadores
de la obra visual. Tal es el caso de Walter Benjamin y su
texto "El carácter destructor" (1931), los manifiestos
dadaístas de Triztan Tzara (1918) y la obra novelística
de James Joyce. |
Destrucción de la imagen,
construcción del lenguaje
Los procedimientos del arte moderno que
llevaron a la construcción y destrucción estaban
basados en gran medida en un "nuevo estado mental", carente
de inocencia, desafiante, lleno de ira; una actitud emprendida
por Charles Baudelaire cien años atrás. La
provocación del arte, la conciencia del desastre
eminente, lleva al artista moderno en busca del origen.
Es en esta indagación interminable que el arte lleva
a entronizar el concepto de originalidad. Para llegar al
origen hay que destruir todo lo que se interpone: la tradición,
los valores burgueses, las instituciones y su papel coercitivo,
la conciencia y la paz armada. La originalidad ponía
en un pedestal el papel la subjetividad, no solamente del
artista sino también de aquel que recibía
la obra. Con la destrucción se inventó un
espectador, un observador que asimila la obra a su propia
experiencia, que percibe el objeto artístico con
la intensidad que le es propia. La provocación, el
escándalo y la transgresión tenían
en mente a otro público, aquel que vivía del
pasado. Había que destruir la idea de la histórico
y lo trascendente en beneficio de lo actual y lo efímero.
La intensidad, el aspecto que Tristan Tzara en 1916, tendría
que ser obligatoriamente efímera: vivía solo
en el instante y este era su génesis y apocalípsis.
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El azar y la suerte jugarían
un papel importante en la producción artística
moderna. El arte como definición del arte , desde
Kosuth hasta sus discípulos ingleses de Art and
Language, concibieron la categorización lingüística
como elemento suficiente y necesario para hacer arte. Los
textos centrales para esta actitud provienen obviamente
de la poesía de Baudelaire, pero también del
filosofo Ludiwig Wittgestein (el Tractatus Logicus)
dedicado a la topología lingüística,
los juegos del lenguaje del colectivo francés de
los 60 OuLiPo (Obra de Literatura Potencial) que
encabezaron Raymond Quenau y Georges Perec; los textos dramatúrgicos
de Samuel Beckett y la teoría postestructuralista
de Jacques Derrida.
Sin duda la construcción del nuevo lenguaje implicaba
a la arquitectura y su hermana: la escultura. Estas dos
disciplinas se encargaron de hacer del objeto una reflexión
sobre como construimos la realidad y la verdad. La obra
de Kurt Schwitters es un paradigma de la dislocación
del espacio físico, al combinarlo con el lenguaje
y el informalismo material. Pero también las obras
destructivas del francés Arman (miembro destacado
del Nuevo Realismo Francés), las pinturas arquitectónicas
de Daniel Buren, y las esculturas de luz de Dan Flavin así
como los neones con palabras del norteameircano Joseph Kosuth.
En la pintura la obra de Alberto Burri, los sacos y plásticos
quemados que forman el lienzo, son huellas de la ruptura
con el espacio ilusorio de la representación. Mientras
que la pintura de Magritte se encargaba de construir una
nueva lectura semántica entre lenguaje e imagen.
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John de Andrea, "La
pareja"
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El primitivismo moderno, la caída
del tiempo y el espacio
La instalación hizo pedazos el
sentido de unidad de la obra para convertirla en una diversidad
espacio temporal. El cine, el medio supremo del arte moderno,
edita y proyecta el plano bidimensional, rompe el tiempo
cronológico para construir un tiempo no lineal, no
narrativo, puramente especulativo, que hoy día tiene
su contraparte en el video experimental. Al cancelar el
racioanalismo, el arte vuelve su cara al primitivismo, exalta
la fealdad y aborrece la simetría de lo bello. La
exisencia existencial privilegia la disolución
del sistema, aboga por lo colectivo y lo anónimo,
que no se integran sino que accionan como una guerra de
guerrillas, un procedimiento de la rebeldía que alcanzaría
su apoteósis en los años 60.
La pintura pre-abstracta de Jackson Pollock,
las obras informalistas del grupo Cobra y los monstruos
de Jean Dubuffet, daban a la pintura el carácter
de una topología desmembrada, un paisaje yermo donde
el conflicto naturaleza-civilización se presentaba
como un caos.

Larry Rivers, "Me
gusta La Olimpia con cara negra" |
| A esto se sumó la experimentación
con drogas, religiones orientalistas, experiencias límite
que darían por resultado la fragmentación
de la conciencia y el cuerpo, su desdoblamiento psiquíco
y psicoanalítico que se observa en la colección
de escultura de Andre Bretón (una pared de su departamento
ha sido reproducida en toda su complejidad en la sala),
los dibujos de Günter Brus o las esculturas fálicas
de Louise Bourgeois. Sobre estas fracturas y reconstrucciones
los textos de Antonin Artaud y los estudios antropológicos
de Michel Foucault levantaron ámpula en una sociedad
de mediados de siglo que había comprado el viaje
al espacio como expresión de su unidad de próposito,
la finalidad del progreso.
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Muro del estudio de André
Breton en París.
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Nunca antes en la historia de la humanidad se había
dado tanta importancia al sexo y su lenguaje: la sexualidad.
Desde la literatura al piscoanálisis, de la invención
de la pornografía masiva a la mercadotecnia; el sexo
alteró los comportamiento sociales del siglo XX,
los magnificó, redefinió, creó estereotipos
y destruyó el concepto de erotismo (basado en los
sentimientos) para colocarlo más cerca del poder
y la economía. |

Jack Smith. "Flaming
Creatures". (Película 16 mm)

Hans Bellmer. "La
muñeca" |
El contrato familiar,
la pareja, el matrimonio, la adolescencia, el homosexualismo
y la perversión embelezaron a los artistas. Los sentimientos
se materializaron de manera grotesca en Picasso; la novia
y el noviazgo se convirtieron en la prostituta y prostitución
velada en la obra de Otto Dix; La Olimpia de Manet
sufrió un cambio de piel, Larry Rivers la convirtió
en una declaración de guerra contra el racismo. Balthus
y Hans Bellmer revelaron el potencial sexual de la infancia
y las muñecas. En el cine Jack Smith convierte los
estereotipos heterosexuales en un macabro juego de transvestismo
(Flaming Creatures, 1963), mientras que Hermann Nitsch
transforma la crucifixión en una orgía de sangre,
excrementos y vísceras. Quién, sino Georges
Bataille, podría figurar como acólito de esa
revolución sexual en la literatura, que Herbert Marcuse
convertiría en bandera revolucionaria en el Berkeley
de los años 60. A partir de la revolución sexual,
las imágenes de Robert Mapplethorpe y Nan Goldin crearían
un escándalo, pero lentamente se introducirían
en el flujo de la cultura de masas, para que los couturiers
Versace y Jean Paul Gaultier, llevarán a la moda
y la publicidad el 'glamour' de preferencias sexuales hasta
entonces negadas. |
| Para Marinetti la guerra era "la única
higiene del mundo": una manera de hacer borrón y
cuenta nueva en la historia, una manera radical de comenzar
la construcción del nuevo mundo. El siglo XX habría
de mostrar todo lo contrario, con un barbarismo y destrucción
nunca antes vistos. No obstante, en muchas ocasiones el
arte fue utilizado como propaganda, para defender e impulsar
la guerra. Desde los cuadros de Otto Dix al Guernica
de Picasso se manifiestan los estragos de la guerra pero
también la creación de nuevas formas, producto
de un proceso de renovación.
Hermann Nitsch.
"El origen del Teatro Misterio"
No obstante, el papel del arte no siempre fue el de compromiso
con las mejores causas o con lo humano. El rol del artista
también fue el de engrandecer a los tiranos y promover
las peores causas. El caso de Albert Speer, arquitecto favorito
de Hitler durante el Tercer Reich, es uno de los ejemplos
más conocidos de la utilización de la arquitectura
para crear monumentos a la estupidez humana. |
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Joseph Beuys, "Infiltración
homogénea para sala de concierto". |
Luego de la
Segunda Guerra Mundial se cuestionaron los límites
del arte en relación con la condición humana,
situación que llevó a el crítico y
filosofo Theodoro Adorno a acuñar una frase que sería
lapidaría: "Escribir un poema después de Auschwitz
resulta bárbaro". El efecto de la advertencia se
sentiría hasta muy entrada la segunda mitad del siglo
XX, cuando la abstracción fue una manera de tocar
, aunque fuera de forma oblícua, el pesimismo
y la desesperación de los artistas ante las realidades
provocadas por la conflagración mundial. No sería
sino hasta los 80 cuando Anselm Kiefer, Markus Lüpertz
y Jörg Immendorff, se atreverían a reconstruir
el pasado histórico con una perspectiva que no buscaba
repartir las culpas, sino asumir la barbaridad sin excusa
ni pretexto. En el mejor de los casos la guerra se reflejó
en el arte como un silencio, producto de la pérdida
y la vergüenza.
Fricción, subversión
y melancolía
Europa, escenario de guerras, promotora del armamentismo
y víctima de la guerra fría es sin duda el
orígen y destino de las más crudas obras modernas
sobre la guerra, el holocausto y la vejación. Las
pinturas de Cy Twombly hacen una alegoría de la muerte
como tema universal, mientras que el piano forrado de fieltro
de Joseph Beuys (Infiltración homogénea
para sala de concierto, 1966) apunta hacia el silencio,
la ausencia de la música y la negación de
la conciencia. La Silla eléctrica de Andy
Warhol muestra ese otro aspecto de la muerte: la ejecución
autorizada por las instituciones. Por su parte, la arquitectura
de Daniel Libeskind, demuestra las implicaciones histórica
y semántica del museo judío construido en
Berlín en 1998. La estructura del edificio describe
una línea quebrada y zigzagueante, que recuerda un
bunker metálico. |

Marcel Duchamp. "L.H.O.O.Q" |
Para aquellos
que no vivieron la guerra en carne propia pero vivieron las
consecuencias de ésta y conocieron las hipócritas
campañas de los políticos dispuestos a involucrar
a los pueblos en cuanta campaña bélica se presentaba,
el arte se convirtió en herramienta para luchar contra
la política belicista y su promesa vindicativa. Y aunque
el arte nunca ha detenido un conflicto, la subversión
artística ha sido un espejo difícil de ignorar.
La postura de Francis Picabia de su última época,
en la que abandona el estilo maquinal en pos de una figuración
ácida demuestra hasta que punto el conflicto bélico
había borrado cualquier asomo de confianza en el humano.
Marcel Duchamp, más paródico y vitrólico
se lanza contra la Monalisa. Utiliza la reproducción
en offset de la obra debajo de la cual escribe el acróstico
L.H.O.O.Q. (en francés:
Ella tiene el culo caliente), y de esta forma subvierte la
validez de lo que representa e ironizar la sexualidad del
artista que la creó. La subversión artística
habría de terminar con la idea del valor sublime del
arte, la verdad de la obra y la ingenuidad del espectador.
La ausencia de los procedimientos y los oficios, llevaría
a un arte de corte más frío, interesado en procesar
lo que sucede con la imagen artística. |
| La debacle provocada
por la guerra genera también un estado de melancolía,
producto del desencanto de la realidad, el fin de la historia
y el comienzo del futuro sin motivación alguna. La
pérdida de la orientación y la certidumbre de
la deriva provocan en el arte un intento de asirse a la conciencia
y la contemplación del triunfo de la muerte. Desde
la pintura de Giorgio de Chirico, con sus sombras perdidas
en un horizonte arquitectónico desolado, hasta las
fotografías de Cindy Sherman que buscan el refugio
de una identidad extraviada, el arte se vuelca sobre sí,
incapaz de proponer u ofrecer placebo a nadie. La pintura
monocromática de Gerhard Richter, las monumentales
descripciones de la decadencia nazi de Anselm Kieffer o los
páneles oscuros de Mark Rothko son lápidas que
rechazan la posibilidad del consuelo. |

Paul McCarthy
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Cómo concluir
una historia tan devastadora: con el humor sardónico
de Paul McCarthy, una burla descarnada del pintor abstracto
atormentado que utiliza un gran falo para dar rienda suelta
su neurosis creativa; o con los cuadros histriónicos
de John Currin que hacen una caricatura de la figura humana,
o quizá con los videos monumentales de Bill Viola,
llenos de la épica existencial de un hombre que emerge
muy lentamente de la profundidad de las aguas.
El Big Bang es la metáfora
del Gang Bang sobre el cadáver artístico
del siglo XX.
Bill Viola
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Fotografías de:
José Manuel Springer y Gabriela Galindo |
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