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Damien Hirst, la muerte de las expectativas |

Perdido en el Amor |
La segunda exposición individual de Damien Hirst en México
posee una espectacularidad que en ocasiones ahoga la intención
de sus propuesta. La muerte de Dios - Hacia un mejor entendimiento
de la vida sin dios a bordo de la nave de los locos, el largo
título de la muestra en la Galería Hilario Galguera,
impacta a primera vista por la escala de las instalaciones, la
realización material y la factura de las piezas. A lo largo
de cinco salas se observan las obsesiones que embargan al artista
originario de Bristol desde hace algunos años. La primera
impresión es que no se trata de una novedad, dado que incluso
sus noveles pinturas ya han recorrido varios foros internacionales.
El conjunto y la saturación de imágenes dedicadas
a la religiosidad y el gnosticismo constituyen una reflexión
sobre la muerte, el deseo/aversión a la misma y su carácter
de cesación física de la vida. Aunque el título
anuncia un derrotero gnóstico y metafísico, la materialidad
se impone en la mayoría de las instalaciones. Este último
aspecto deja a menudo una impresión más perceptual
que emotiva, debido al carácter de las piezas, que están
elaboradas como dispositivos de museo de historia natural, característica
de la obra de éste artista.
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La secuencia inicia con una instalación
de un pecera de cristal llena de formol, donde una paloma con
las alas extendidas flota sobre una calavera colocada al fondo
(La verdad ineludible). Utilizando los mismos símbolos
que en el siglo 17 se conocieron como el alfa y el omega de la
existencia (pensemos en las Vanitas, pinturas dedicadas al paso
entre la vida y la muerte) , Hirst nos guía en su recorrido
por los estados previos a la muerte, desde la sorpresa y la negación
hasta su aceptación ritual, para desembocar en la muerte
de dios, no en el sentido nitzcheano, sino específicamente
cristiano, en la crucifixión.
Damien Hirst es un artista del siglo 17 injertado
en el siglo 21. En sus intererses temáticos, la enfermedad,
el sacrificio, el cuerpo y la naturaleza, ha explorado nociones
que caracterizan al Romanticismo. No obstante, su propuesta da
un giro con respecto al arte romántico al substituir la
expresión pura de los sentimientos por una demostración
de racionalismo positivista. Diríase que no es autor que
haya experimentado los sentimientos que propone, sino más
bien una mente racional que explora nociones de la muerte y la
enfermedad desde la perspectiva de un científico naturalista.
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La verdad ineludible
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Padre nuestro que estás
en los cielos |
Como un Rey Midas que transforma el
pasado y lo convierte en contemporáneo, Damien Hirst recurre
al uso de animales, insectos, esqueletos, calaveras para propiciar
un regreso en el tiempo hacia la época del conocimiento positivista,
en el que la naturaleza era el horizonte que el conocimiento debía
explicar. El trabajo de Hirst combina formas visuales de presentación
(el uso de gabinetes y vitrinas, propios de los museos y hospitales,
por ejemplo) con elementos de la tradición artística
mística para formular problemas de la filosofía que
a pesar de haber sido explorados extensamente, todavía tienen
vigencia. Por principio el tema de la relacion entre el hombre y la
naturaleza que desde la Grecia clásica ocupó a los filósofos
socráticos. En segundo lugar la inadecuación del hombre
a la naturaleza, que lo lleva a construir un mundo aparte (la civilización)
y artificial. De acuerdo a Ortega Gasset, el ser humano ha demostrado
con creces su incapacidad para convivir con la naturaleza ; en su
lucha por modificar los principios fundamentales, el nacimimento y
la muerte, inventa y procura la ciencia y la tecnología. Por
último, aunque la lista de temas filosóficos podría
ser muy extensa, Hirst explora la relación de la tecnología
y la conciencia humana, pues la primera es, según Heidegger,
la manifestación más cabal del ser y del quehacer humano.
La tecnología plantea una relación con el mundo mediada
por los sentidos y la extensión del cuerpo, que son las herramientas
con la que el humano recrea su propia naturaleza , como una suerte
de corrupción de su ser natural. |
Para Hirst estos tres temas se articulan con
las creencias más que con la experiencia, de ahí el
carácter simbólico-teatral que imprime a sus obras.
Por ejemplo, la segunda pieza de la exposición (La muerte
de Dios) es una pintura circular, la cual exhibe un cráneo
con cuchillos de acero que saltan de las cuencas de los ojos y de
la boca, similar las máscaras de la muerte talladas en piedras
semipreciosas por las culturas mesoamericanas. La visión
de Hirst articula el imaginario aracaico con la tecnología
, pero no logra el estremecimiento que generan los tzompantli
(conjuntos de calaveras esculpidas en piedra que rodeaban los templos).
Es frecuente que las piezas adquieran un tono
más ilustrativo que evocativo, más descriptivo que
expresivo. Las vitrinas con chivos deshollados y arrodillados que
portan entre las patas catecismos y rosarios en una actitud devota
(Ave María, llena eres de gracia y Padre nuestro que
estás en los cielos), resultan casí cómicas
en la impostura de los animales, que parecen marionetas de carne
y hueso. |

Escéptico |
El tema del duelo, el paso de la muerte
hacia el más allá, ofrece la posibilidad de conciliar
las obras con el sentido de la muerte producto del sincretismo católico-popular
que tiene el rito mortuorio en las culturas barrocas. En una pequeña
habitación cuadrangular se exponen tres pinturas circulares,
cada una con un cráneos humano adeherido en el centro, todas
rociadas con esmalte de colores rojo, negro y ocre. Las paredes y
el piso del recinto están también salpicadas profusamente
con pintura. Estas obras, que llevan por nombre Beautiful Paintings
y títulos como: 1. Llegada a un acuerdo con la muerte del
hombre barbado en la nube. 2. Dios ha muerto, larga vida
a Dios. 3. La muerte de dios, el nacimiento del nuevo universo,
rodean un pedestal cilíndrico de acrílico transparente
en el cual se colocó un corazón de buey clavado de agujas
hipodérmicas y envuelto en alambre de púas (El Sagrado
Corazón de Jesús). La instalación se completa
con cuatro cirios colocados en las esquinas, invocando del misterio
de la muerte y la resurrección. A mi modo de ver esta es la
pieza más lograda de la exposición, porque expresa el
choque entre lo fúnebre y lo vital, la no ruptura entre el
ciclo vida-muerte, que está muy arraigada en la cultura en
los arquetipos y en las religiones mesoamericanas. |
Dos piezas que resultan sorprendentemente llamativas
por su factura, son las que se llaman Escepticismo y Esperanza.
Ambas ocupan extremos de la sala principal, realizadas con alas
de mariposas extraordinarias en su colorido y brillos tornasoleados.
Desde lejos semejan vitrales con una luz posterior, por el arreglo
geométrico de líneas oblicuas que irradian del centro.
En la belleza ordenada del diseño y la presencia de la explosión
de color y formas naturales Hirst ha querido ver un tipo de ilusión
o de engaño que cautiva los sentidos pero no mueve a la fe.
Mas no por ello deja de reconocer el valor de figuras místicas
como Santa Teresa, a la cual dedica una obra con el título
Que muero porque no muero, quizá la única
pintura de la exposición que tiene una expresión poética
propia. Realizada sobre un fondo rojo carmín, en ella se
encuentran también algunas alas de mariposa cortadas y varias
navajas y bisturís enterrados en la tela.
Otras pinturas resultan demasiado familiares
para el público mexicano, acostumbrado a una práctica
pictórica figurativa expresionista de muy buena factura.
Las pinturas de Hirst están basadas en fotografías
tomadas en su estudio y muestran escenas poco conmovedoras e incluso
difíciles de percibir: una cabeza de vaca (Vaca decapitada)que
yace en el piso sobre un pedazo de plástico, un hombre nadando
en una pecera (Perdido en el Amor). Las pinturas de formatos
más pequeños resultan incluso muy similares a la obra
del mexicano Luis Argudín y Alberto Castro Leñero,
pues en el primero ha explorado la naturaleza muerte y el género
vanitas desde hace más de una década y el segundo
ha utilizado obras que combinan mandíbulas de tiburón
sobresuperficies chorreadas con óleo y encaústica,
a la manera en que Hirst lo hace en sus Beautiful Paintings.
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En donde se descubre el teatralismo
de Hirst, su intención para poner en escena, es en la instalación
Adán y Eva bajo la mesa. Ahí su talento no
logra superar las obras de los escultores hiperrealistas de los
60, como Edward Keinholz, que recreaban ambientes y atmósferas
suspendiendo una escena de la vida cotidiana, alejando el referente
de la misma y convirtiéndola en un icono de una manera de
vivir o morir.
Lo auténtico en Hirst, su propuesta personal,
surge en las vitrinas con anaqueles llenos de pastillas cubiertas
cada una con una gota de sangre (El cuerpo de cristo, La Sangre
de Cristo) . Hay algo ahí de esa mentalidad protestante
pulcra y aséptica que al chocar con la sangre se transforma
en una pieza escalofriante, fría y dura, que contrasta lo
científico y lo visceral. O la pieza que da título
a la muestra (Hacia un mejor entendimiento de la vida sin Dios,
a bordo de la nave de los locos), consistente en un gabinete
de cuatro vitrinas metálicas que contienen instrumental médico
metálico, batas, zapatos y artículos hospitalarios,
así como un pequeño barco de madera.
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Adán y Eva
bajo la mesa
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Que muero porque no
muero |
La pieza vaciada en plata sterling
como el Unicornio-El sueño ha muerto ,resultan de
una elegancia formal que elude la interpretación inmediata
pues, como los objetos de metales preciosos que forman el decorado
de iglesias y altares, llaman la atención por la factura. Los
chivos han perdido la presencia estrujante que tenían , por
ejemplo, los caballos muertos y disecados armados como un Carrusel
del Grupo Semefo (realizados a principio de los 90) o la lengua humana
montada sobre una sencilla base y el feto humano atrapado en una loza
de concreto, que exhibiera Teresa Margolles hace algunos años.
Ahí no estamos ante una representación de quirófano,
sino ante la presencia ineludible de la muerte. Lo aparatoso artificio
de la propuesta de Hirst hace que la parte conceptual de su obra se
ahogue en cloroformo. |
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Al final de la exhibición se presenta una instalación
con tres crucifixiones realizadas en sendos gabinetes de cristal
con chivos deshollados y sujetados a cruces de madera (En el
nombre del Padre) . Algo tienen estas obras de aquellos estudios
para la base de la Crucifixión que realizara Francis
Bacon al inicio de su carrera: solamente la cruda presencia animal
en un tema sacro. La expresión de los animales con las extremidades
extendidas sobre el larguero de la cruz resulta poco más
que convincente y demasiado literal: el cordero encerrado en el
cristal está sacralizado, muy protegido, es tan solo un icono
que va perdiendo su referente vital, como sucede con las reliquías
de los santos católicos, celosamente guardadas por los capellanes
de iglesias y los museos de cera. Pienso en el performance de Tania
Bruguera (El peso de la culpa, 1997), que tiene que ver
con el ritual social más que con lo religioso, en el que
carga con un carnero descuartizado sobre su cuerpo desnudo mientras
come ellla se llena la boca con puños de tierra, y creo que
lo de Damien Hirst sigue siendo un trabajo espléndido para
explicar el catecismo a un no creyente, pero es parco en el tratamiento
de los grandes misterios de un mundo devastado sin la esperanza
de poder alcanzar a dios.
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El cuerpo de cristo, La Sangre de Cristo |
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