Damien Hirst, la muerte de las expectativas

Damien HirstDamien Hirst, En el nombre del Padre

José Manuel Springer

Damien HirstPerdido en el Amor.

La segunda exposición individual de Damien Hirst en México posee una espectacularidad que en ocasiones ahoga la intención de sus propuesta. La muerte de Dios - Hacia un mejor entendimiento de la vida sin dios a bordo de la nave de los locos, el largo título de la muestra en la Galería Hilario Galguera, impacta a primera vista por la escala de las instalaciones, la realización material y la factura de las piezas. A lo largo de cinco salas se observan las obsesiones que embargan al artista originario de Bristol desde hace algunos años. La primera impresión es que no se trata de una novedad, dado que incluso sus noveles pinturas ya han recorrido varios foros internacionales. El conjunto y la saturación de imágenes dedicadas a la religiosidad y el gnosticismo constituyen una reflexión sobre la muerte, el deseo/aversión a la misma y su carácter de cesación física de la vida. Aunque el título anuncia un derrotero gnóstico y metafísico, la materialidad se impone en la mayoría de las instalaciones. Este último aspecto deja a menudo una impresión más perceptual que emotiva, debido al carácter de las piezas, que están elaboradas como dispositivos de museo de historia natural, característica de la obra de éste artista.

La secuencia inicia con una instalación de un pecera de cristal llena de formol, donde una paloma con las alas extendidas flota sobre una calavera colocada al fondo (La verdad ineludible). Utilizando los mismos símbolos que en el siglo 17 se conocieron como el alfa y el omega de la existencia (pensemos en las Vanitas, pinturas dedicadas al paso entre la vida y la muerte) , Hirst nos guía en su recorrido por los estados previos a la muerte, desde la sorpresa y la negación hasta su aceptación ritual, para desembocar en la muerte de dios, no en el sentido nitzcheano, sino específicamente cristiano, en la crucifixión.

Damien HirstLa verdad ineludible.

Damien Hirst es un artista del siglo 17 injertado en el siglo 21. En sus intererses temáticos, la enfermedad, el sacrificio, el cuerpo y la naturaleza, ha explorado nociones que caracterizan al Romanticismo. No obstante, su propuesta da un giro con respecto al arte romántico al substituir la expresión pura de los sentimientos por una demostración de racionalismo positivista. Diríase que no es autor que haya experimentado los sentimientos que propone, sino más bien una mente racional que explora nociones de la muerte y la enfermedad desde la perspectiva de un científico naturalista.

Como un Rey Midas que transforma el pasado y lo convierte en contemporáneo, Damien Hirst recurre al uso de animales, insectos, esqueletos, calaveras para propiciar un regreso en el tiempo hacia la época del conocimiento positivista, en el que la naturaleza era el horizonte que el conocimiento debía explicar. El trabajo de Hirst combina formas visuales de presentación (el uso de gabinetes y vitrinas, propios de los museos y hospitales, por ejemplo) con elementos de la tradición artística mística para formular problemas de la filosofía que a pesar de haber sido explorados extensamente, todavía tienen vigencia. Por principio el tema de la relacion entre el hombre y la naturaleza que desde la Grecia clásica ocupó a los filósofos socráticos. En segundo lugar la inadecuación del hombre a la naturaleza, que lo lleva a construir un mundo aparte (la civilización) y artificial. De acuerdo a Ortega Gasset, el ser humano ha demostrado con creces su incapacidad para convivir con la naturaleza ; en su lucha por modificar los principios fundamentales, el nacimimento y la muerte, inventa y procura la ciencia y la tecnología. Por último, aunque la lista de temas filosóficos podría ser muy extensa, Hirst explora la relación de la tecnología y la conciencia humana, pues la primera es, según Heidegger, la manifestación más cabal del ser y del quehacer humano. La tecnología plantea una relación con el mundo mediada por los sentidos y la extensión del cuerpo, que son las herramientas con la que el humano recrea su propia naturaleza , como una suerte de corrupción de su ser natural.

Damien HirstPadre nuestro que estás en los cielos.

Para Hirst estos tres temas se articulan con las creencias más que con la experiencia, de ahí el carácter simbólico-teatral que imprime a sus obras. Por ejemplo, la segunda pieza de la exposición (La muerte de Dios) es una pintura circular, la cual exhibe un cráneo con cuchillos de acero que saltan de las cuencas de los ojos y de la boca, similar las máscaras de la muerte talladas en piedras semipreciosas por las culturas mesoamericanas. La visión de Hirst articula el imaginario aracaico con la tecnología , pero no logra el estremecimiento que generan los tzompantli (conjuntos de calaveras esculpidas en piedra que rodeaban los templos).

Es frecuente que las piezas adquieran un tono más ilustrativo que evocativo, más descriptivo que expresivo. Las vitrinas con chivos deshollados y arrodillados que portan entre las patas catecismos y rosarios en una actitud devota (Ave María, llena eres de gracia y Padre nuestro que estás en los cielos), resultan casí cómicas en la impostura de los animales, que parecen marionetas de carne y hueso.

El tema del duelo, el paso de la muerte hacia el más allá, ofrece la posibilidad de conciliar las obras con el sentido de la muerte producto del sincretismo católico-popular que tiene el rito mortuorio en las culturas barrocas. En una pequeña habitación cuadrangular se exponen tres pinturas circulares, cada una con un cráneos humano adeherido en el centro, todas rociadas con esmalte de colores rojo, negro y ocre. Las paredes y el piso del recinto están también salpicadas profusamente con pintura. Estas obras, que llevan por nombre Beautiful Paintings y títulos como: 1. Llegada a un acuerdo con la muerte del hombre barbado en la nube. 2. Dios ha muerto, larga vida a Dios. 3. La muerte de dios, el nacimiento del nuevo universo, rodean un pedestal cilíndrico de acrílico transparente en el cual se colocó un corazón de buey clavado de agujas hipodérmicas y envuelto en alambre de púas (El Sagrado Corazón de Jesús). La instalación se completa con cuatro cirios colocados en las esquinas, invocando del misterio de la muerte y la resurrección. A mi modo de ver esta es la pieza más lograda de la exposición, porque expresa el choque entre lo fúnebre y lo vital, la no ruptura entre el ciclo vida-muerte, que está muy arraigada en la cultura en los arquetipos y en las religiones mesoamericanas.

Dos piezas que resultan sorprendentemente llamativas por su factura, son las que se llaman Escepticismo y Esperanza. Ambas ocupan extremos de la sala principal, realizadas con alas de mariposas extraordinarias en su colorido y brillos tornasoleados. Desde lejos semejan vitrales con una luz posterior, por el arreglo geométrico de líneas oblicuas que irradian del centro. En la belleza ordenada del diseño y la presencia de la explosión de color y formas naturales Hirst ha querido ver un tipo de ilusión o de engaño que cautiva los sentidos pero no mueve a la fe. Mas no por ello deja de reconocer el valor de figuras místicas como Santa Teresa, a la cual dedica una obra con el título Que muero porque no muero, quizá la única pintura de la exposición que tiene una expresión poética propia. Realizada sobre un fondo rojo carmín, en ella se encuentran también algunas alas de mariposa cortadas y varias navajas y bisturís enterrados en la tela.

Damien HirstEscéptico.

Damien HirstAdán y Eva bajo la mesa.

Otras pinturas resultan demasiado familiares para el público mexicano, acostumbrado a una práctica pictórica figurativa expresionista de muy buena factura. Las pinturas de Hirst están basadas en fotografías tomadas en su estudio y muestran escenas poco conmovedoras e incluso difíciles de percibir: una cabeza de vaca (Vaca decapitada) que yace en el piso sobre un pedazo de plástico, un hombre nadando en una pecera (Perdido en el Amor). Las pinturas de formatos más pequeños resultan incluso muy similares a la obra del mexicano Luis Argudín y Alberto Castro Leñero, pues en el primero ha explorado la naturaleza muerte y el género vanitas desde hace más de una década y el segundo ha utilizado obras que combinan mandíbulas de tiburón sobresuperficies chorreadas con óleo y encaústica, a la manera en que Hirst lo hace en sus Beautiful Paintings.

En donde se descubre el teatralismo de Hirst, su intención para poner en escena, es en la instalación Adán y Eva bajo la mesa. Ahí su talento no logra superar las obras de los escultores hiperrealistas de los 60, como Edward Keinholz, que recreaban ambientes y atmósferas suspendiendo una escena de la vida cotidiana, alejando el referente de la misma y convirtiéndola en un icono de una manera de vivir o morir.

Damien HirstQue muero porque no muero.

Lo auténtico en Hirst, su propuesta personal, surge en las vitrinas con anaqueles llenos de pastillas cubiertas cada una con una gota de sangre (El cuerpo de cristo, La Sangre de Cristo) . Hay algo ahí de esa mentalidad protestante pulcra y aséptica que al chocar con la sangre se transforma en una pieza escalofriante, fría y dura, que contrasta lo científico y lo visceral. O la pieza que da título a la muestra (Hacia un mejor entendimiento de la vida sin Dios, a bordo de la nave de los locos), consistente en un gabinete de cuatro vitrinas metálicas que contienen instrumental médico metálico, batas, zapatos y artículos hospitalarios, así como un pequeño barco de madera.

La pieza vaciada en plata sterling como el Unicornio-El sueño ha muerto ,resultan de una elegancia formal que elude la interpretación inmediata pues, como los objetos de metales preciosos que forman el decorado de iglesias y altares, llaman la atención por la factura. Los chivos han perdido la presencia estrujante que tenían , por ejemplo, los caballos muertos y disecados armados como un Carrusel del Grupo Semefo (realizados a principio de los 90) o la lengua humana montada sobre una sencilla base y el feto humano atrapado en una loza de concreto, que exhibiera Teresa Margolles hace algunos años. Ahí no estamos ante una representación de quirófano, sino ante la presencia ineludible de la muerte. Lo aparatoso artificio de la propuesta de Hirst hace que la parte conceptual de su obra se ahogue en cloroformo.

Damien HirstEl cuerpo de cristo, La Sangre de Cristo.Al final de la exhibición se presenta una instalación con tres crucifixiones realizadas en sendos gabinetes de cristal con chivos deshollados y sujetados a cruces de madera (En el nombre del Padre) . Algo tienen estas obras de aquellos estudios para la base de la Crucifixión que realizara Francis Bacon al inicio de su carrera: solamente la cruda presencia animal en un tema sacro. La expresión de los animales con las extremidades extendidas sobre el larguero de la cruz resulta poco más que convincente y demasiado literal: el cordero encerrado en el cristal está sacralizado, muy protegido, es tan solo un icono que va perdiendo su referente vital, como sucede con las reliquías de los santos católicos, celosamente guardadas por los capellanes de iglesias y los museos de cera. Pienso en el performance de Tania Bruguera (El peso de la culpa, 1997), que tiene que ver con el ritual social más que con lo religioso, en el que carga con un carnero descuartizado sobre su cuerpo desnudo mientras come ellla se llena la boca con puños de tierra, y creo que lo de Damien Hirst sigue siendo un trabajo espléndido para explicar el catecismo a un no creyente, pero es parco en el tratamiento de los grandes misterios de un mundo devastado sin la esperanza de poder alcanzar a dios.

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

Comenta esta nota.
Envía tu mensaje en la sección CONTACTO

 

Fecha de publicación:15.03.2006