La deslocalización de las artes

Verena GrimmVerena Grimm

Luz Sepúlveda

Monica EspinosaMónica Espinosa

A partir de los años 60 fueron comunes las ambientaciones, aquellas obras terrestres que utilizaban a la naturaleza como marco teórico y soporte técnico. La montaña, el desierto, las riberas de un río o un lote pedregoso eran los sitios en donde los artistas inscribían sus pronunciamientos con altas dosis de discurso ecológico. Armaban sus monumentales piezas con los materiales que el sitio les proporcionaba y la obra de arte se adecuaba a las especificidades del espacio en el que se construía. Las obras del Land art se hacían in situ y permanecían mientras el tiempo —el cronológico y el meteorológico— se lo permitían, aun cuando las metamorfosis e inclusive la paulatina destrucción de la pieza eran comunes. Se trataba de obras sedentarias que nacían y morían en el mismo espacio.

Las ambientaciones son los antecedentes sesenteros de lo que en los años 80 se llamó instalación. Ambas tienen puntos referenciales en común, siendo el empleo del espacio como material una de las principales características. No obstante esta herencia irreprochable, las diferencias tanto conceptuales como formales son mayores. Si bien las obras terrestres se hacían en el espacio exterior, abierto e ilimitado, las instalaciones optan por la sala del museo, la galería o el espacio que le otorgue el promotor o coleccionista. La instalación (sea una videoinstalación que se proyectará en distintas superficies, o hecha a partir de objetos prefabricados, o una que concilie diversas disciplinas) es adaptable. Esto quiere decir que, a diferencia de sus antecesores que elaboraban una única pieza para un espacio específico, las instalaciones se adecuan al espacio en el que serán exhibidas. Son piezas nómadas que cambian en constitución física -mas no conceptual- de acuerdo al espacio en el que se explayen: deambulan de museo en museo, de galería en galería y siempre adaptándose a las condiciones espaciales que les sean impuestas.

Paulina LasaPaulina Lasa

El tiempo y el espacio han sido coordenadas que han acompañado al pensamiento humano desde hace más de mil años y han sido definidos e ilustrados por pensadores e igualmente por artistas. Desde que se ha democratizado el concepto de la revolución informática, se han dado cambios bruscos en estos rubros, mismos que no han sido ignorados por la vanguardia artística. A partir del momento en el que el ser humano se ve irremediablemente suplantado por la máquina, su funcionamiento motriz es cada vez menos necesario: se vuelve un ser sedente frente a una pantalla de computadora, esperando a que las operaciones de comunicación, laborales, aprendizaje, de entretenimiento o las relaciones personales, las lleven a cabo las superautopistas de la información. Al contrario del automóvil (paradigma moderno) que propiciaba el movimiento y el desplazamiento del ser humano de un espacio a otro, la conexión electrónica (paradigma posmoderno) permite que la humanidad entera evolucione con solamente apretar un teclado.

Los artistas operan a contracorriente del mainstream de la sociedad: mientras más sedentario es el ser humano, las obras de arte —utilizando un término de Paul Virilio— se "deslocalizan". Esto significa que no existen en o para un solo espacio, sino que se acoplan a las dimensiones de una sala de exhibición, se modifican para proyectarse en distintos soportes fuera de la pantalla, se ajustan a las dimensiones del espacio, o se morfan a través del ámbito virtual. Además, el proceso de deslocalización se acentúa mientras más intangible es la pieza: las videoproyecciones o las piezas generadas a partir de un software en la pantalla de la computadora, son nómadas tanto en composición formal como en su materialidad espacial. Existen como reales en el ámbito conceptual y virtual, sin que haya una forzosa referencia en el espacio y tiempo reales. Las obras de arte han logrado (¿sufrido?) una deslocalización absoluta: las imágenes y discursos que las conforman se hallan en un no-lugar, no están en ningún sitio, no existen más que como emisión y recepción de bits de información y, sin embargo, forman parte irrenunciable del intrincado tejido de producción y distribución de la obra artística.

Regina SilveraRegina Silvera

Después de que el objeto prefabricado ha sido la influencia más significativa para el desarrollo de las artes visuales del siglo XX, las nuevas tecnologías y en especial el video y el arte hecho en computadora añaden puntos interesantes que modifican la lectura del objeto representado. Las instalaciones son la culminación del ready-made y a partir de un ejercicio híbrido deslocaliza al objeto físicamente para poder considerar a la práctica artística como nómada. Por otro lado, la reproducción múltiple de piezas que fueron muy comunes en los años 80 consideran otro punto antes inédito en el medio artístico: la ubicuidad del objeto. Esto quiere decir que, lejos de la autenticidad, originalidad y aquella inaccesibilidad a la que Walter Benjamín llamó " áura", ahora las obras de arte gozan del privilegio de tener clones y exhibirse en distintos espacios al mismo tiempo.

Herederos de esta práctica, nace el video y el net-art o arte producido, difundido y exhibido en la red. Es en estos lineamientos cuando el objeto se halla absolutamente deslocalizado pues no posee un eje físico único y con coordenadas ya sean espaciales o temporales fáciles de determinar. Ejemplos de este tipo de obras han obligado a que tanto la lectura de las mismas, así como su exhibición en salas de museos o galerías se hayan adaptado para tales piezas. Así, los techos o el suelo, la pantalla o casi cualquier otro objeto en la realidad sirven ahora como soportes de una obra que, si bien desde las cavernas dejó de ser sedentario, ahora se halla en su máxima expresión de movilidad que la ha llevado al extremo de la total deslocalización.

 

 

 

 

 

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Fecha de publicación: 25.05.2006