Dos elementos constituyen las coordenadas sobre las cuales se basa su trabajo y su propuesta artística. El primero de ellos es el de los materiales, particularmente el jabón, que comenzó a tallar desde su encarcelamiento y que representa la identidad del autor. El segundo es la simbolización de situaciones de enclaustramiento. inscritas dentro de estructuras y retículas geométricas, de carácter amenazante por el sentido de molde que significan.
Delgado utiliza frecuentemente símbolos que operan en contextos y tiempos distintos. La presencia de estos dentro de situaciones emblemáticas proviene de las convenciones más elementales: tales como la cabeza humana (símbolo del individuo), o las efigies de carneros indefensos, donde por un lado establece asociaciones con la raza, por el color, y por el otro, con la masa de gente vista como rebaño sumiso.
Las vivencias personales se trasladan a los objetos cotidianos, que seguramente en la prisión o bajo circunstancias de necesidad, resultan indispensables para realizar las más elementales tareas: un tornillo, una prensa, espejos diminutos. De este vocabulario objetual sorprendentemente limitado (la limitación obedece a la misma circunstancia de vivir el encierro con el menor número de pertenencias) se ha servido Delgado para construir metáforas de la reclusión, una experiencia marcada por un mínimo de estímulos o lo más estrechos sentidos, e incluso la ausencia de ambos.
La voz artística de Ángel Delgado no es la del optimista que ha visto peores épocas y puede darse el derecho de olvidar y dejar el pasado. Por el contrario, su obra es un recordatorio constante, para él como para los que vivimos en una democracia salvaje como la mexicana, de que el peor enemigo del hombre es el corporativismo, el cual, desde su lógica clasificatoria, desde los archivos secretos y regulaciones kafkianas, ejerce la coartación de las libertades: la cancelación del derecho a la privacidad y la modelación de la conciencia.