La obsesión con la comida; un menú con obras de Raúl Ortega Ayala

Raúl OrtegaRaul Ortega Ayala, The Last Supper, 2010 (foto: Marisa Polin)

José Manuel Springer

Raúl Ortega AyalaRaúl Ortega Ayala. Living Remains.

Seguimos hablando sobre el arte que rompe disciplinas o que explora los límites de los géneros, por lo nuevo y lo joven, y por encontrar  el verdadero arte o seguir las corrientes de hoy. Pero nadie habla sobre los alimentos, por lo menos  no de forma en la que nos demos cuenta de que la comida no sólo cambia nuestra libido -en contadas ocasiones- y además moldea nuestra idea sobre los buenos y malos estilos de vida, incluso nuestro sentido de justicia y libertad, o , por supuesto, justifica  las dos horas que pasamos diariamente sentados la mesa.

Basta ver la comida para pensar que por lo menos existen dos tipos: la comida que es buena para uno y la que no. Pensemos en el alimento como aquello que dirige nuestra forma de vida. Recordemos lo que hemos ingerido en los últimos dos días: Día número uno, tomar una taza de café y una dona de desayuno, una taza de yogurt.  Torta de jamón con queso y una cerveza para la comida. Y filete de pescado frito, con anchoas y aceitunas, papas con mayonesa y dos cervezas durante la cena.  Día número dos: café y una mantecada; papas a la francesa y pollo frito en la comida; la cena inició con tres cervezas, y luego vino una ensalada griega, posta de salmón al horno y media botella de vino tinto. Todo un mundo de trabajo, calorías, tradiciones y sabores artificiales conspirando dentro del estómago.

¿Y qué tal cuando ves la cuenta del restaurante y  te asalta  la impresión de que estás más vacío ahora que cuando llegaste al Lola Bistro? Ese es el momento en que hacemos la conexión  entre comida, dinero y trabajo.

La pintura también se ocupó de la comida  hasta hace poco tiempo. ¿Qué tal esas naturalezas muertas, llenas de pavos, patos y pescados, pan de centeno, cebollas, pimientos y coliflores; cuánto nos parecemos a la comida que ingerimos?

La Última Cena es una de las visiones pictóricas canónicas; aunque no sabemos  mucho del menú, pero no es difícil darse cuenta de  que la cena que ofreció Jesucristo a sus apóstoles  es la metáfora de la lucha de poder en la mesa.  ¿Hasta qué punto la escena que pintó Da Vinci era una puesta en escena para colocar a los alimentos en el meollo del asunto?  La cena reflejaba el ethos y el pathos del espíritu.

Raúl Ortega Ayala Bodegón. Raúl Ortega Ayala

Raúl Ortega Ayala,  artista, cocinero, jardinero, espectador contemporáneo y contador de historias, piensa que el conocer el origen de la comida  es una manera de entender las diferencias entre musulmanes y cristianos;  y nos enseña historia oculta tras el 11 de septiembre ,  e incluso nos muestra  por qué el último platillo antes de una ejecución sumaria es un acto de conciencia al que tiene derecho un condenado a muerte. 

La puesta en escena de la ÚltimaCena es algo que vale la pena ver durante las tres horas que duró la escena,  construida dentro de la Galería Stroom, en el centro de La Haya.  Fue una forma de revivir el fresco de Leonardo en un espacio galerístico, reconstruido con las mismas proporciones de la mesa.  Yo me  senté ahí con otras doce personas. MI vecino en la mesa era un banquero (¡!) que me dijo que no entendía nada de arte (¿qué saben los banqueros de lo que sea?). Pero el tipo que estaba sentado a mi derecha en el extremo izquierdo de la mesa era el director de un centro de artistas de La Haya, ciudad de la paz le dicen, donde se ubica Stroom, centro de arte público que invitó al artista mexicano a participar en un ciclo sobre la comida y el espacio público.

AppleMark Las sobras de La Ultima Cena

La comida de algunos pueblos es el veneno de otros, dice el dicho.  Debo confesar que no me volvió loco el menú servido en el año 33 d.C., de hecho creo que podría haber mejorado si tuviera papas y salsa de jitomate, más carbohidratos y algunas azúcares invertidas.   El menú, exactamente igual al que se sirvió la noche antes de la Pasión, era una selección de comida saludable, servida sin cubiertos o servilletas, en cuencos de barro y madera, con pocas especias. La entrada era perejil remojado en agua salada, para refrescar el paladar del comensal en el desierto. El siguiente plato era una sopa de verduras hecha con consomé de pato, acompañada de pan matso, sin levadura, que parece una galleta salada sin sal. Y por supuesto, jarras sin fin de vino kosher, servido en tarros de vidrio.

No había queso, ni mantequilla, ni tampoco pimientos o guacamole.  El Este y el Oeste aun no se habían mezclado y las dietas eran muy sencillas y austeras. Durante la cena era costumbre que los comensales hicieran abluciones y se lavaran los pies. Y por supuesto, Raúl  Ortega pasó por cada uno de nuestros lugares con una bandeja con agua y cilantro para lavarnos los pies, siempre acompañado de una toalla con la que pacientemente secaba cada uno de los dedos.  Eso si que fue un complemento de la cena que hoy tenemos que echar de menos. La conversación con el banquero rondaba el tema de Jamie Oliver, el enfant terrible de los gourmets europeos, mientras nos llenábamos la boca con gruesos cortes de pierna de cordero horneada, roja y jugosa, acompañada con tragos de vino. 

Combinando  la historia y a la etnología del Cercano Oriente y el Renacimiento, la cena de Raúl Ortega se convertía en un despliegue de los efectos de la comida sobre el comportamiento humano. La apoteosis de la cena se produjo cuando al final, decidimos subirnos a la mesa para hacer una especie de table dancing y darle al evento  un toque de  las costumbres actuales.

AppleMark La Torre de Babel en manteca y sebo

El video que registró la cena  parece una mezcla de un escenario de películas de Peter Greenaway y Luis Buñuel,  con una escena pantagruélica de las sobras abandonadas en la mesa, que cada día de la exposición van creando hongos multicolores, muestra de los efectos de la descomposición orgánica del alimento.

Característicamente, las exposiciones sobre arte público están relacionadas con la urbe,  los entornos citadinos, edificios, jardines o monumentos.  La mezcla de arte público que hace Raúl Ortega tiene que ver con el lugar que ocupa el alimento en la sociedad, los rituales de la comida, las formas de consumir, los instrumentos de cocina y los excesos en los hábitos alimenticios.

En la galería el despliegue de alimentos incluyó queso hecho de la leche de una mujer, sin especificar la procedencia de la mujer, que parecía una especie de mezcla grumosa, lista para untar sobre galletas saladas.

Había también una reproducción de la Torre de Babel, tomada de la pintura de Peter Brugel, hecha con manteca amarillenta, que paulatinamente se deshacía con el calor de dos lámparas de alta intensidad. Metáfora de que  el alimento es en sí la lengua, el idioma en el que se expresan los pueblos y se dividen las ideologías.

La comida puede ser desagradable, incluso terriblemente asquerosa. Especialmente cuando se le usa para otros fines que no sean alimenticios. Dos videos muestran escenarios que ocurren cada año, marcando un calendario de eventos relacionados con cosecha de alimentos  y con la glotoneria asociada a las celebraciones rituales y la gula.

El primero de los videos muestra a miles de españoles bañados en puré de tomate arrojado desde camiones de carga, durante la Tomatina, una fiesta típica que demuestra que la comida es el centro de cualquier celebración. El otro es el registro de una persona que es capaz de engullir 40 hot dogs y diez vasos grandes de refresco en tan sólo diez minutos, lo cual le ha valido a este individuo el record Guinness.  Luego de ver ambos videos  uno no quiere saber nada de comida, por lo menos en las próximas horas. 

AppleMark Raúl Ortega la cena y
los comensales

AppleMark Restaurante en la cima
de las Torres Gemelas

Pero, el hambre es canija, y más quien la aguanta.  La exposición presenta  una serie de documentos y fotografías que registran el colapso de las Torres Gemelas en Nueva York,  símbolo del principio de nuestra era hipermoderna.  Aún en este escenario, donde la muerte, el terror, la culpa y la indignación aderezan los recuerdos,  la comida sigue siendo un tema subsyacente.

Investigador acucioso,  Ayala Ortega descubrió noticias en los periódicos que indicaban que el hierro recuperado de la estructura  de las torres fue enviado a la India para ser fundido y reciclado en la fabricación de brillantes instrumentos de cocina (bandejas, tazones, paletas, cuchillería), que son exportados a las tiendas más elegantes y usados en los restaurantes más cotizados en la preparación y presentación de platillos. De manera perversa,  la muerte se conecta con el alimento y este con la vida, en un ciclo que se cumple a través de las guerras y del comercio a lo largo de la historia humana. 

La agenda militarista de las potencias, con el objetivo de hacer del mundo un lugar más seguro para sus intereses, o conquistar a los pueblos que consideran bárbaros (que generalmente son aquellos que tienen tradiciones culinarias de miles de años), está dictada por el comercio de alimentos.  En lo alto del Word Trade Center de Nueva York existió un restaurante, el más elevado del mundo, donde en sus días de gloria se servía uno de los menús más exuberantes.  El lugar representó la cima de la alta cocina, de la ambición y del gusto por la comida sublimemente preparada con los mejores y más caros ingredientes.

El menú prepa vomitar a cualquiera de las integrantes de L.A. Ravens, las artistas gemelas holandesas que han hecho fama por pesar menos de 25 kilos y realizar obras  basadas en al apología de la anorexia, pero también sería el menú que haría cantar de emoción a Pavarotti o y brincar de emoción al ministro mexicano de Economía (todo un mastodonte antidiluviano con  traje y corbata).  La sola visión de fuentes de alimentos exquisitamente adornados y preparados al punto por Raúl Ortega, ocasionó que los visitantes de la exposición abandonáramos las ideas y nos dedicásemos a satisfacer las más gástricas pasiones del cuerpo. 

Atrás dejé las promesas de la dieta; devoré un pescado trufado olvidando las noticias sobre ese México que ocupa el primer lugar mundial en índice de obesidad (un primer lugar es un lugar de honor). Mientras comía un mousse de chocolate,  pasaba por  alto   el fracasado intento del Congreso mexicano de prohibir la venta de alimentos chatarra en las escuelas primarías, iniciativa  boicoteado (maiceada,dirían los mexicanos)  por empresas trasnacionales que hacen de su negocio  esa obsesión por la comida rápida.

En la sala principal, los restos de la Ultima Cena seguían pudriéndose, los alimentos se convertían en detritos de una historia que es común a toda la humanidad: la obsesión con la cultura de la comida y la producción de alimentos.

La exposición  Living Remains, de Raúl Ortega Ayala se presentó en Stroom, del 2 de spetiembre al 7 de noviembre de 2010.

Tomatina/Tim

Tomatina/Tim

Raúl Ortega

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Fecha de publicación: 15.12.2010