Pintura, ¿arte visual o manual?
Obra de Javier Peláez

Javier PeláezFake Flowers #4.2012

José Manuel Springer

Javier PeláezFake Flowers #3.2012

La posición de un autor ante su trabajo se manifiesta no sólo en la forma en que acomete el tema, en la selección del mismo o en el recurso técnico que utiliza para dotar de forma física a la obra.  La afirmación de la obra se produce desde el momento en que surge en el artista la necesidad pensar en una imagen.

Supuesto que un pintor profesional cuenta a su disposición con un arsenal probado de medios técnicos, que ha explorado los temas en apuntes preparativos o se ha inspirado en otros medios (el literario, el musical) y ha indagado en la historia del arte, especialmente esto último,  sería ingenuo pensar que el artista se enfrenta desarmado o desnudo ante su tarea. No obstante, hay ocasiones en que el creador debe replantear su praxis, y es entonces cuando comienza el largo camino para olvidar y deshacerse del equipaje que lo ha acompañado o negociar con la historia del arte. 

En los últimos meses acompañé al pintor Javier Peláez en ese recorrido; él fijo un nuevo rumbo, un camino que lo alejó de la seguridad que había logrado, y que a veces lo llevó a la frustración y la desesperación, a luchar cuadro tras cuadro contra sí mismo, desafiando la inercia. Su más reciente exposición es la crónica y el resultado de ese esfuerzo, aunque creo, todavía no ha acabado.

Javier se ha planteado el desplazamiento desde la pintura como dispositivo de construcción de imágenes que tienen que ver con lo imposible, lo ausente y lo abstracto -en resumen lo óptico- y el de  la pintura  con sus correlativos  físicos: el  color, la forma, y la superficie  plana delimitada por bordes.  Estos son dos problemas diferentes. El primero tiene que ver con la percepción, que categoriza a la pintura como arte visual, con el punto de vista externo a la pintura; lo que vemos en ella partiendo de la mímesis o el parecido con algo que existe. Ahí no cabe duda que Javier ha dominado la realidad visual, la piel de la pintura.  El segundo está relacionado con la deconstrucción de  la pintura misma, con la pintura como arte manual.  En cada obra de esta exposición el autor realiza una tentativa para definir la esencia de la pintura en este segundo aspecto, y cuando hablamos de esencia corremos el riesgo de  implicar que no existe más que una sola, pues esta es lo que resulta universal y caracterológico de lo pictórico y por lo tanto invariable.

Javier PeláezFake Flowers #8.2012

 Así, los cuadros que integran esta muestra representan varios pasos del artista en la síntesis de las posibilidades formales de la pintura, fascinado, abnegado por la estética del color, la forma y las relaciones entre fondo, primer plano, distorsión y fidelidad.

Habiendo fijado sus propias reglas del juego y el límite de lo permitido, es decir haciendo tabla rasa  sin concesiones, el pintor escoge un tema que tiene mucho de pictórico, que responde a una tradición, y que también es anecdótico y simbólico: las flores.  Lo que para un pintor como Giorgio Morandi fueron las botellas y platos, los bodegones,  con los cuales consiguió definir una pintura física con asociaciones trascendentales, para Peláez son las flores.

La elección del tema no es lo que a primera vista se llamaría un good career move,  en especial ahora que la belleza es un valor que va a la baja en el arte y en un momento en  que los géneros tradicionales, como el bodegón, han dejado atrás la eclosión de sus posibilidades explosivas. Javier se atreve a correr el riesgo a sabiendas de que el tema puede explotar.

Javier PeláezFake Flowers #10.2012Flores como bombas

¿Qué hay en la flor que  puede convertirla en vehículo para la dislocación de la pintura?  ¿Acaso no es el símbolo de la perfección efímera de la naturaleza, que  apenas alcanza su cénit y comienza a degradarse?  Las flores son un tema que en la pintura expresan la perfecta plasticidad de la forma (Monet y Van Gogh vieron en ellas su morfología libre y captaron la temporalidad acelerada de su existencia); estos juegos o arreglos florales permiten al pintor plasmar el desgarramiento de la perfección pero sin caer en un expresionismo crítico o repulsivo; podemos ver a la flor decaer y morir sin provocarnos el pesar que causaría el deterioro físico de la carne de un animal o de  un humano.   Para Javier esos cálices entornados y pétalos desvanecidos son el anatema perfecto para abordar el tema de la muerte  a través de  la alegoría de la contemplación de Narciso y su obsesión con el propio reflejo, que habría de llevarlo a su muerte. Hay en esta elección del tema una declaración de principio que une a la serie anterior de pinturas de Javier, particularmente el políptico Cinco estudios para el Narciso (2010),  con las obras de esta exposición llamada Narciso.   

En el políptico se aprecia la distorsión paulatina de la pintura a través de pliegues de papel reflejante entre los que desaparece poco a poco la imagen del cráneo.  Cada uno de los módulos muestra el camino  desde la pintura como representación  en dirección a la pintura como manualidad, interesada en el despliegue de sí misma y en su propio reflejo.  Hay algo de perverso en aquella serie que se va trasladar  o a traducir en las imágenes de este conjunto, flores descarnadas y rasgadas , como vulvas hinchadas de deseo, a punto de desaparecer.  Se trata del ciclo vida-muerte  que se cumple en las pinturas por medio de la perversión de la vanidad, asociada con Narciso y derivada  del género pictórico conocido como Vanitas (del siglo XVII),  en el que se mostraba la futilidad de lo material  con objetos un tanto frívolos y la inexorable acción del tiempo, que todo lo borra, que todo lo desgasta. Para que exista como tal, hay que dejar de ver la pintura y sólo sentirla.

Lo que está y no está

En la obra de Javier  es tan primordial el tema,  como el oficio, lo que está y no está y que se puede percibir.  En el tema hay algo de erotismo en la seductora flor que recuerda el sexo femenino, con sus aberturas y hendiduras, el despliegue de su apostura externa e interna, que están expresadas con la fluidez y el tremor que tienen los reflejos sobre la superficie del agua. Por otro lado,  la percepción nítida  de la continuidad de las formas  cede en ocasiones al abandono deliberado de ciertos recurso pictórico: la composición académica es abolida, la línea del horizonte desaparece, en su lugar aparecen esquemas visuales disimulados por ramas y tallos. El  movimiento manual de las pinceladas en círculos y ángulos rectos dirige la mirada hacia fuera del cuadro; las líneas de visión  subrayadas por los pliegues del papel conforman espacios virtuales inverosímiles a los que el ojo no se acostumbra pero que atrapan a la mente.

 Al final del día, parece que con estos recursos dosificados de maneras distintas en cada cuadro,  Javier Peláez afirma que su pintura es la traducción del mundo percibido por medio de  proyecciones de luz dislocadas por el reflejo,  interpretadas y reinventadas en un instante por la mano (recordándonos que la pintura es en esencia un ejercicio constructivo manual), que requiere separarse de la mente,  y  a veces lo consigue.  La limpieza de la ejecución a la que estaba acostumbrado Javier resultaba a menudo paralizante pues la asepsia anula la expresión inconsciente, aquello que dará cuerpo y vida a la obra. Cuando recorremos estos cuadros de cerca ya no  estamos viendo la pintura sino a  la mano que los pintó.

Javier PeláezFake Flowers #6.2012 Un abismo ordenado

La pintura tiene que hacer el recorrido por el caos de posibilidades porque su realización total implica el reordenamiento del caos: “Una pintura que no comprende su propio abismo, que no comprende un abismo, que no instaura sobre la tela un abismo, no es una pintura”.Gilles Deleuze, dixit.

La pintura de Javier Peláez puede correr el riesgo de quedarse en lo anecdótico o  en lo sentimental pero  hay algo más en ella de lo que podemos ver a ojo, lo llamaré la densidad de la traducción, es decir la posibilidad de modular zonas de contacto, espacios de color con franjas y siluetas, que afirman que lo que está ante nosotros es algo más  que pigmentos al óleo sobre lienzo.   A partir de  líneas y de los despliegues de materia surge algo que toma tiempo percibir:  el pathos estético de lo pictórico, la dificultad  para lograr una ejecución limpia y espontánea, sin ir más allá de lo estrictamente necesario, y completar trazos, las disolvencias y los saltos  necesarios para distinguir lo pictórico por encima de lo narrativo, para devolvernos la esencia de la pintura: el esquema objetivo por encima de la sentimentalidad subjetiva.  

En la concepción de Javier, la pintura como categoría estética y no como disciplina artística, no necesariamente vinculada a la sentimentalidad humana.  La pintura es antes idea, razón que busca hacerse presente por un rato, en un golpe de vista, y desaparece cargada de la vanidad en la muerte de Narciso… que la contempla, que se contempla en ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Fecha de publicación: 26.02.2013