Crítica

 

José Manuel Springer

Julio RuelasJulio Ruelas, La Crítica, 1903.

Cada vez que escucho a alguien decir que la crítica de arte no existe me pregunto si en verdad no existe, cómo desapareció  y por qué, o si se trata simplemente de que la gente no  ve lo que no quiere ver. En nuestra sociedad no somos proclives a escuchar la voz de la crítica porque rara vez aceptamos un comentario que suene a un reproche o queja. Cuando se piensa en la crítica se le ve como  una reprimenda, una argumentación en contra o una admonición. La actividad crítica ha perdido, en efecto, visibilidad y público,  y se ha transformado, como todo en el campo del arte. Veamos las razones que llevaron a este desafortunada y lenta transformación.

Entre las razones internas del campo del arte que llevaron a  orillar el papel del critico hacia los márgenes y le arrebataron el papel de árbitro que ostento en el siglo XIX y XX,  se encuentra una que me parece fundamental: el crítico posmoderno ya no opera como mediador del gusto público y perito de lo que es válido o no en la producción artística.

La desaparición de la autoridad del la crítica va ligada a varios factores exógenos de la cultura.  Uno de ellos, el más evidente, es que para las generaciones nacidas después de los años 1960  las figuras de autoridad resultan sospechosas, por decir lo menos, y esas generaciones no van a aceptar que su producción sea tasada o evaluada por una figura a la que no se le reconoce creatividad, criterio, normatividad y cuya experiencia y conocimiento parecen producto del baúl de la historia. Anteriormente, se suponía que un crítico debía saberlo todo para poder opinar.

Es evidente que la emergencia de una nueva profesión, la de curador, cambió la percepción del papel del crítico. En un par de décadas el curador asimiló varias funciones del crítico, la más obvia: el curador es quien decide qué es lo contemporáneo, tarea demasiado ambigua pero central para integrar un campo artístico que ya no se guía por manifiestos artísticos o argumentaciones críticas.  Es el curador quien, en tandem con la institución,  establece qué es lo que pasará a la historia de la contemporaneidad.  Hoy día el éxito comercial es igual al éxito de crítica hace décadas.

El curador es una figura interna del mundo del arte, que desarrolla relaciones con las otras figuras del campo artístico. Mientras el curador busca el empoderamiento  a través de su trabajo, el critico se sostiene sobre su independencia.  Mientras la tarea del crítico era unificar la experiencia artística, la del curador ha sido  fragmentar la experiencia estética y artística.

A nivel de contexto podemos decir que el advenimiento de la sociedad de la información ha sustituido en muchos sectores culturales el punto de vista crítico por el de la información a granel.  Todos tenemos una opinión y contamos con el derecho a expresarla y los medios para hacerlo: las  redes sociales. La abundancia de opiniones, todas ellas válidas para los que las expresan,  impide que algunas de ellas predomine o marque el camino. 

El cambio de la noción de público por el rol de espectador, implica que el arte se ha convertido, según Boris Groys, en un espectáculo sin público,  un torrente de imágenes cada vez más grandes, más tecnológicas. Espectáculos  como las bienales, Venecia o la Documenta,  resultan tan absolutamente inmensas, con centenares de artistas de todo el mundo expuestos simultáneamente en diferentes ciudades (Documenta)o en diferentes escenarios (Venecia), que resulta imposible que un crítico, o varios de ellos, puedan afirmar categóricamente  que tal o cual edición de la bienal es un fracaso.  Los espectáculos del arte no son criticables, suelen ser tan diversos e incluyentes, se acomodan a cualquier situación política o social, que están ahí para iluminar y alborotar las zonas de silencio y de oscuridad del mundo.

Los críticos

En realidad, la posición independiente del crítico ha sido el principio de su pérdida de posicionamiento respecto al arte contemporáneo.  En el mundo del arte existen posiciones indispensables para que el show siga funcionando: el artista, el coleccionista, el galerista y el curador. Con estas cuatro posiciones el arte se mueve sobre el tablero de ajedrez,  en el cual el crítico, esa posición exógena e independiente al mundo del arte, resulta desechable.   En el mejor de los casos, el crítico de hoy se confunde con la posición del teórico o el historiador; sin embargo, existen diferencias entre esas profesiones que hay que considerar  antes de descalificar al crítico como especie en mutación.

Fueron los críticos de arte los que desde sus trincheras modernas atacaron a las instituciones artísticas decimonónicas para retar con su hegemonía.  Fueron los críticos los que con sus reportes inmediatos sobre lo que sucedía  en su momento, crearon etiquetas que, quizá equivocadas y corregidas por los historiadores,  se quedaron en la jerga artística:  Impresionismo, Cubismo, Abstracción,  Conceptualismo, Neomexicanismo.  Cada una de estas categorías fue acuñada por un crítico y reutilizadas como moneda de cambio en su momento y después.  

Podemos reprochar  a los críticos su falta de objetividad, su miopía, su forma de generalizar los hechos o particularizar a la creación, pero la tarea de la crítica como una visión del momento, un reporte puntual, y la capacidad de contextualizar la aportación de un artista a su momento, son elementos que los historiadores de arte reconocen en los críticos de todas las épocas: Diderot, Winkelman, Baudelaire, Ruskin, Berger, y  de todas las regiones de Latinoamérica:  Marta Traba , Ticio Escobar,  Nelly Richards, Juan Acha. Gerardo Mosquera
Estoy tentado a decir que el curador se concibe y es percibido como creador, como un talentoso organizador de la obra del artista y de la experiencia, y que el crítico no opera así, pero creo que  la analogía no aplica en este caso. Si deseamos que la posición del crítico adquiera mayor visibilidad  en el panorama artístico, debemos reconocer los elementos que hacen de su tarea algo más que un arbitraje.  En primer lugar,  hay que reconocer  la necesidad de independencia de criterio que lo separa de las instituciones legitimadoras del arte. En segundo lugar, es indispensable reconocer su conocimiento horizontal del arte; la crítica lejos de ser un ejercicio globalizante, se alimenta de lo local y conoce su  propio entorno. Y, en tercer lugar, un punto muy importante,  hay que reconocer que la crítica  es un ejercicio de creación, dado que la interpretación de una obra es parte de la creación de la misma.

La crítica ‘objetiva’, historizante e incluso lírica a la que nos tenían acostumbrados los grandes críticos de la Modernidad  ha dejado su lugar a una crítica institucional, más centrada en la distribución de la obra que en la producción, y también  a una crítica que funciona más como panegírico de valores producto de la subasta artística. Nos queda aún un pequeño espacio para la crítica creativa, que expone el argumento a través de la narración e incluso de la ficción, para acomodar la realidad a su criterio. Lo importante no es cómo se obtenga el producto sino que este  cumpla su función con calidad y oportunidad.

Nuevas plataformas

A partir del surgimiento de las plataformas digitales, han operado cambios en la política editorial que afectan al ejercicio crítico.  Por un lado, las publicaciones periódicas han dejado de lado el comentario crítico para sustituirlo por la reseña o la recomendación expresada en pocas líneas que exageran el uso de adjetivos en detrimento de los argumentos.  Por otro lado,  la falta de supervisión editorial  en las publicaciones digitales crea mayor independencia  y libertad, desgraciadamente aparejadas con  mayor opinión y menos análisis.  Y, finalmente, la reducción del tiempo de vida en Internet entrona lo efímero y lo superficial por encima de lo  profundo y lo trascendente.

Lo que el crítico puede aportar en la actualidad  es una exégesis  del sistema y el lenguaje que usa el artista,  o un movimiento artístico, que es lo que permite entender dónde está la aportación creativa en la obra en su contexto.  El crítico deja de ser juez para convertirse en interprete de la singularidad de un artista o  un conjunto de obra específico.   Y, finalmente,  la crítica construye consensos  de evaluación que el público puede reconocer y aplicar en otros ámbitos, en otras producciones y otros creadores;  los críticos  nos muestran cómo ver y descubren formas de ver, oponiendo su independencia  a la institucionalización de las artes y su mercantilización.

Consideremos que la voluntad crítica  es rasgo común a los seres humanos; por tanto, la crítica no necesariamente expresa valores universales puesto que en el arte no existe el significado único. Se requiere de imaginación y  subjetividad para criticar (Oscar Wilde subrayaba estas capacidades al reconocer en su obra El Crítico como Artista el papel fundamental de la crítica para promover el cambio cultural) para distinguir a ese que dice, cómo lo expone y cuándo logra tocarnos.  Las genealogías y categorías prácticas de análisis que produce el crítico dan visibilidad a la praxis artística, ofrecen una retroalimentación a la producción visual y contribuyen a crear los mitos necesarios para que una sociedad se renueve a sí misma.


Conferencia impartida en El Cráter, centro de creación artística y reflexión de la Ciudad de México.

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Fecha de publicación: 26.02.2013