Juan Downey; migración estética

José Manuel Springer

Juan DowneyJuan Downey, Yanomami Body Rhythms, 1978.

Desde que el arte moderno pretendió separar la vida y el arte, la experiencia estética perdió la capacidad de ver al mundo en su complejidad. Paradójicamente, aquel divorcio pretendía acercar el arte y la vida, mostrar lo absurdo del mundo, y evitar que el arte se convirtiera en tan sólo un adorno para el estilo de vida burgués. Pero no lo consiguió. El entendimiento ha sustituido al placer y, como señala José Luis Prado, “la estética se ha convertido en la ideología de una época que presume de no tener ninguna”.

La noción burguesa de arte lo sigue considerando como algo separado enteramente de la vida, mostrado en el escaparate de la galería, la bienal, la feria de arte o como mercancía de lujo para coleccionistas que demuestran su poder económico y –por tanto- su entendimiento y gusto. Lo cual ha llevado a la institucionalización del arte, convirtiéndolo en símbolo de estatus, fetiche y producto por excelencia del capitalismo económico, del que nadie sabe el por qué de su valor económico o su aportación artística. La noción mediática más reciente es considerar al arte como parte integrante de un estilo de vida, una forma de habitar, de estar a la moda y de sentirse vanguardia.

Dentro de este esquema bipolar, arte Vs. vida, cabe destacar la presencia de una tercera vertiente, el arte como lenguaje vivo, que se suma a otros lenguajes visuales, como la fotografía, la imagen movimiento, la imagen poética. Existe un arte que se aleja de la genialidad, del espectáculo y de la tecnología per se, para crear relaciones significantes enel comportamiento social en todas sus formas: desde lo estético, lo empírico, lo espiritual y lo político.

En la búsqueda de la democratización del poder, una de las víctimas más tempranas fue precisamente la estética, pues esta rama del conocimiento y de la experiencia humana es la que menos se adapta al concepto de democracia. El arte y las producciones estéticas (llamémosles así, para no caer en la aporía de distinguir lo que es arte de lo que no lo es) ponen al canon artístico en duda precisamente porquelos artistas, desde la Modernidad, se han mostrado reacios a que su obra esté al servicio de la dominación de las masas (Pardo, 2011). Como sucedió antes con el espíritu religioso, que fue vencido por el materialismo, sucede ahora que el arte ha perdido la capacidad de liberar la conciencia humana. Por el contrario, hoy el arte parece destinado a convertirse, en una forma de consumo social asociada con estilos de vida en boga.

Juan Downey y su particular mirada etnológica

El dominio de las prácticas artísticas que separan la experiencia estética y la vida tuvo su contraparte en Latinoamérica en la obra de artistas como Juan Downey, Helio Oiticica, Artur Barrio, que supieron integrar la experiencia estética al a vida y dieron la vuelta al fenómeno de la dominación consumista del arte y la cultura. ¿Cómo lo lograron? Para empezar buscando la coincidencia entre diferentes campos del conocimiento y la experiencia. La suya no fue una batalla en pos de la originalidad o la búsqueda de un arte populista, de raigambre nacionalista. Antes bien, decidieron cerrar la brecha entre consumidores y productores del arte. Y para ello no se detuvieron a considerar el uso de tecnologías, como el video, en ese entonces incipiente, y también echaron mano de conceptos como la arquitectura, el territorio, y la política.En la reciente muestra retrospectiva de Juan Downey, presentada en el Museo Rufino Tamayo, encontramos varias salas con dibujos, fotografías, imágenes impresas y videos, que demuestran el camino del desaparecido artista chileno; desde sus primeros experimentos con el arte cinético la escultura de luz, hasta el resultado de su trabajo etnológico con los aborígenes Yanomami en Venezuela. Estos trabajos, fechados en la década de los 70, fueron el resultado de la inmersión total del artista en la vida rutinaria de esa etnia que vive en el extremo sur de Venezuela, en la frontera amazónica del Brasil, en los márgenes del río Orinoco.

Helio OiticiaHelio Oiticica, Parangolés, acciones realizadas en los años 60.La obra de Downey no es producto sólo de una experiencia exótica estética. No trata de encontrar la belleza del otro, ni de separar la experiencia del creador con respecto a su tema. Antes bien, lo que logra Juan Downey es comunicar esas proximidad que resulta tan vital para el arte, especialmente en una región donde el concepto arte, como técnica expresiva, no tiene ningún sentido.

Podría criticarse el hecho de que Downey haya introducido una técnica ajena a la comunidad en la que fue admitido, como el video. Pues quizá los Yanomami podrían haber vivido el resto de su existencia sin noción de lo que era la representación, o sin siquiera haberse visto reflejados en un medio tan realista. No obstante, es evidente que en las condiciones en la que se grabó el material que hoy presenta el museo, la presencia del artista se funde con la del observador. En uno de los videos, llamado el Círculo de Fuego, observamos a las mujeres, hombres y niños Yanomami en su diario acontecer, en el shabono, espacio comunal construido en forma circular, donde viven atentos a las contingencias del medio ambiente y la destrucción que ocasiona el progreso.

Juan DowneyJuan Downey, Sin título, 1977.
Fotografía en blanco y negro. Colección de Marilys Belt de Downey, NY.

La sociedad moderna creo la ilusión de que la belleza consiste en crear cosas sin utilidad, cuyo valor estriba en ser sólo objetos con valor de cambio. Y al separar el arte y la vida crean obras que carecen de vida. Se trata de obras que llenan espacios de ocio y causan la impresión de que son tanto más valiosas porque no tienen un referente real.

Downey fue el precursor, junto con Oiticica, de nuevas formas de presentar la identidad de grupos que no tenían visibilidad alguna en las artes o que eran estereotipados por medio de imágenes exóticas. Ambos artistas desarrollaron su trabajo con comunidades locales, marginales, de las cuales aprendieron sus formas de ver el mundo antes que intentar representarlas para la mirada occidental.

En otro de los videos, El lagarto cantador, asistimos a una representación chamánica en la que varios hombres curan, con la sabiduría y las prácticas que han heredado, a un anciano afectado en su salud. Uno tiene la impresión que más que el remedio físico está estrechamente vinculado con la situación emocional de la persona que con la sintomatología física. La entrega y la cercanía entre curanderos y paciente es tal que parece tener un efecto más profundo sobre el ánimo que sobre el cuerpo.

En la obra de fines de los años 70 de Downey hay una expresión de una libertad irrestricta, en la que se combina el documento, la personalidad del artista y de sus interlocutores, producto del saber abordar el tema, la relación con sus semejantes y sus medios, pero sobre todo porque ha evitado el divorcio entre arte y vida. La obra refleja una conciencia sobre el papel de quién habla y desde dónde habla, lo que evita que su instrumentalización política, para proteger la forma de vida de comunidades que viven alejadas del “progreso” material burgués. En la contemplación de sus videos no existe el prurito de “obras de arte” con el que se mira, por ejemplo, una pintura o una escultura, tampoco hay un despliegue libérrimo de creatividad y ficción, lo que hay es un sentido de vida y de crítica a esos criterios estéticos que mantienen separado al arte de la vida.

Juan DowneyJuan y un amigo en Tuxpan, México.
Fotografías de viaje, 1973. Colección de
Marilys Belt de Downey, Nueva York

Públicos activos, artistas tranmisores

Lo más importante de la obra de Downey no es que elimina la noción de arte como estilo, pues de muchas formas el ser humano, los Yanomami, también crean estilos de adaptación al medio ambiente. En los videos es posible atisbar esas ceremonias en las que los hombres despliegan sus facultades para transformar y separarse de la naturaleza circundante, mediante un sofisticado maquillaje corporal o accesorios que transmutan su cuerpo en figuras rituales que forman parte de una forma de vida pública y comunitaria. Pero queda claro en los videos que ellos no pretenden actuar sino representar a las mismas fuerzas naturales que los rodean.

La propuesta de Downey: el artista es un transmisor. Dado que los indígenas no están actuando, es decir, no separan las formas de vida de las formas de creencia, entre su realidad y su ficción, el arista, mediante la cámara de video, consigue expresar emociones a través del registro de la vida Yanomami; de modo que nosotros, el público, reconozcamos lo indescifrable de esa forma de vida. Con esto el artista comunica una forma de sentir que no existía en nuestra mente y por lo tanto no era transmisible o comunicable.

Al transmitir otras formas de vida, se amplía nuestra capacidad de sentir y comunicar el sentimiento, de hacer surgir la arquitectura del mito (Levi Strauss) y con ello reconciliar la separación entre nuestras vidas y las vidas de los otros, y también hacernos consientes de la similitud entre nuestras formas de presentación y las de ellos. De esta manera el divorcio entre arte y vida queda conjurado.

 

 

 

 

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Fecha de publicación: 04.04.2013