Marcelo Balzaretti, el espíritu activo de la creación artística gráfica

 


José Manuel Springer

Marcelo BalzarettiMarcelo Balzaretti: in memoriam

Marcelo Balzaretti fue mi amigo, el más visionario, el más elevado, el más denodado; un compañero a quien yo le debo horas interminables y días de inmensa felicidad y cercanía intelectual. Compartimos tantas vivencias y momentos. Recuerdo sus expresiones de agrado por mí; su apoyo incondicional a lo que yo hiciera, ya fuera una improvisada salida juntos o un largo proyecto de trabajo, Marcelo siempre tenía una disposición para estar junto a mí, escucharme, enseñarme, darme su tiempo sin reserva y sin prisa. Marcelo era el amigo de carrera larga en el que yo podía recargarme y confiar ciegamente. Su rostro afilado de suizo-italiano, el pelo ensortijado y su estampa de científico rebelde eran la fuente de su carisma.

Su recuerdo se pierde en el tiempo, en el lejano ayer cuando yo vivía en un departamento de la calle Ayuntamiento, en el centro. Hasta ahí llegó él un día, acompañado de Adriana, su única compañera. Recuerdo yo acaba de visto su exposición en la galería de La Casa de la Primera Imprenta, de la UAM, cuando aquel recinto lo dirigía la entusiasta Guadalupe Fernández. Así que sin dudarlo quise escribir un comentario, un pequeño pensamiento sobre su creación, que estaba basada en una historia del cine documental de Robert Flaherty. Marcelo había logrado llevar los fotogramas de una película a la gráfica y reanimarla con su genio. Y yo lo invité a mi casa para que llevará otras muestras de su trabajo y charlar con ellos. Fue a partir de ese primer encuentro que me di cuenta que había encontrado un alma gemela. Tanto a él como a mi nos gustaba el cine y sus precursores:, la cámara oscura, el zoótropo, la linterna mágica, el movimiento rudimentario de las imágenes, los animales proyectados que se movían entre la luz las sombras. Poco después, hicimos una exposición colectiva, con la participación de Erick Beltrán, Demián Flores, Mariana Castillo Debal, y otros compañeros suyos de la ENAP Xochimilco, en la que intenté meter todo lo que se estaba haciendo con los múltiples, bajo el concepto de gráfica ampliada. La obra de Balzaretti era una proyección cinematográfica en 16 milímetros de poco más de un minuto de duración, hecha cuadro por cuadro. Él bautizó a su película: Intemperancia. La combinación de su temperamento, en ocasiones flemático y otras sanguíneo, se prestaba para dar vida a sus más arrebatadas ideas y obsesionarlo hasta conseguir lo que buscaba.

Desde que salió de la escuela se enamoró con el mundo gráfico. Lo fascinó la idea de que un científico hubiera clonado una oveja que era copia idéntica obtenida a través del DNA de una célula de sus progenitores, una especie de edición múltiple. Ese concepto, emanado de la imaginación de algún biólogo escocés de apellido Wilmut, influyó sobre Marcelo para crear un dibujo animado de Dolly, y posteriormente elaborar una cabeza idéntica de la oveja en hule a tamaño natural; una matriz flexible que usó para producir, con baja tecnología, su primera impresión tridimensional, que al día de hoy no deja de sorprenderme. Así fue Marcelo, un precursor en su campo de trabajo que unió el arte con la ciencia, la especulación tecnológica y la ficción artística. Pero lo que más importaba era que el sabía lo que estaba haciendo y lo compartía con largueza en sus exposiciones, en sus conversaciones. Su mente meticulosa era una fuente de creatividad que lo hizo olvidarse de sí mismo en varias ocasiones.

Sus intereses, ya fuera un documental sobre una colección completísima de precursores del proyector de cine, o una exposición sobre la técnica de impresión japonesa de peces vivos, el Gyotaku, eran tema de largas conversaciones maravillosas, salpicadas de su deseo de saber y participar con toda su voluntad y aptitudes en el conocimiento. Su paso por el Faro de Oriente, donde llevó por varios años el taller de grabado, demostró que Marcelo poseía gran capacidad para trabajar en equipo.

A las pláticas sobre su trabajo y sobre sus encuentros con las técnicas y la tecnologías de impresión y proyección, siguieron una larga cadena de afortunadas reuniones amistosas en su casa y en la mía. La compañía de Marcelo y Adriana era indispensable cada viernes o sábado para mí y Gabriela; los habíamos adoptado para que nos guiaran por su trabajo y la vida. Ambos eran una pareja que vivía su amor a través del trabajo artístico conjunto. Adriana era fotógrafa de cine y productora de muchas de las obras de Marcelo; era él a quien se le ocurría, por ejemplo, pasar el invierno a la orilla de la mar para encontrar peces, moluscos, crustáceos que habría de embarrar con tinta para imprimirlos sobre delicadas hojas de papel japonés. Ella era quien producía el viaje y lo documentaba siempre sonriente. Durante largas horas al sol, los dos recogían y entintaban animales marinos para hacer con ellos delicadas impresiones que dejaban un vivo recuerdo de su mortal existencia. A su regreso a la ciudad, Gabriela y yo veíamos arrobados los resultados, extendidos sobre la mesa del comedor.

A la constante experimentación se sumaban los resultados más variados. Marcelo parecía tener un plan maestro que lo llevaba de un hallazgo a otro y luego a otro más distante. En 2005 volvió a deslumbrarme con una serie de impresiones de su propia anatomía; había dejado de ser el impresor para convertirse en la matriz de su propio trabajo, las huellas de su piel entintada sobre el papel fueron animadas además por medio del cámara de cine. Su cuerpo delgado y alargado y la cabellera rizada , como el de un cristo redivivo, quedó registrado en negro sobre docenas de hojas. La proyección de su cuerpo sobre una pared y las hojas en el piso se convirtieron en una instalación tan hipnotizante como estremecedora, que se presentó en una exposición colectiva a la que llamamos Armas y Herramientas (2006). En las manos de un artista como Marcelo cualquier técnica era un medio para obtener fines más humanos, para entender nuestra frágil y paradójica existencia. La suya fue una carrera dedicada a su arte de raigambre humanista, basado en los postulados de la creatividad clásica griega: capturar la poética de la existencia en movimiento, reflejar su inasible e imperdurable belleza.

Poseedor de una mente penetrante y particular lector del mundo, Marcelo supo encontrar las claves que movían la imaginación en todos sentidos, tanto para descubrir lo humano como para revelar las lacras del sistema. Balzaretti defendía la diversidad sobre la uniformidad: es revelador que se haya dedicado a revolucionar la disciplina que más celosa fue con la uniformidad del producto: el grabado. En su ética de trabajo, el artista asumió que la gráfica es la base de la cultura pues para él la reproducción no es producto de la imaginación mecánica sino de la diversidad cultural: cada quien interpretando y reproduciendo una matriz de pensamiento humanista, donde caben todas las inflexiones, todos los estados de su desarrollo infinito. Su paso por el Faro de Oriente, donde por años fue profesor del taller de grabado, demostró que Marcelo poseía gran capacidad para trabajar en equipo.

Los libros de artista fueron en sus manos compendios imaginativos, donde las secuencias y transparencias del formato coincidían en una sola idea, pero qué idea: el libro como un objeto en eterna transformación e inclusión de contenidos, la mutación garantizada por el intercambio constante de miradas, un concepto ampliado que Balzaretti adaptó a partir del I Ching, el oráculo de las mutaciones. Ese tipo de pensamiento sabio, le llevó a otro terreno. Cuando por un tiempo estuvimos separados por la distancia, Marcelo se preocupó por la propaganda, por los sistemas ideológicos de manipulación de la conciencia basados en la repetición de consignas falsas. Esa preocupación visionaria se tradujo en una serie de obras sobre OVNIS, que él asimiló como vehículos de la manipulación y de la necesidad de creer en algo menos material, objetos extraños que no explican nada y expresan el todo por la parte. De esos trabajos sólo pude ver los registros fotográficos de los OVNI colgados en la calle de Independencia, para gracia y sorpresa de las transeúntes del centro de la ciudad que captaron lo que veían por medio de las pantallas de sus teléfonos celulares. Para Marcelo fue una manera de provocar la reproducción de una antigua idea: la visita de extraterrestres, un leit motiv que en tiempos de crisis económica era periódicamente reciclada por el gobierno de Washington para distraer la atención de su población sobre otros problemas no identificados. Con humor y una dosis de esoterismo, Marcelo reprodujo en papel negro con tinta negra los relatos gráficos de aquellos que habían sido testigos de la aparición de objetos voladores no identificados sobre parajes y ciudades crepusculares. El sentido del humor aligeraba la prolífica vida artística de Marcelo. Era un hombre con humor ameno y alegre, lleno de sonrisas que se imprimían por contacto sobre los que lo rodeamos.

En una de las más recientes veces que trabajé con él, y tuve la oportunidad de asomarme a su imaginación ilimitada, me encontré en su estudio azorado ante una obra gráfica, que me pareció deudora del arte óptico de los 60, pero que estaba sostenida en una propuesta más barroca. Invitado por el MUNAL, mi amigo artista visitó innumerables veces la sala de pintura barroca del museo, hasta que detectó los colores y las claves del movimiento que los pintores barrocos usaron para que sus pinturas aparentaran captar el movimiento. Esto fue hace apenas un año, en 2012, cuando Marcelo realizó una pintura mecánica, de geometría elegante y simetría precisa, integrada por seis módulos cuadrados con colores rojo, dorado, azul, amarillo, sombra y blanco, Variaciones lumínicas para la contemplación del tiempo. Cada módulo tenía dos círculos impresos sobre acrílico transparente que al girar por medio de un fino motor a distinta velocidad provocaban la ilusión de un espacio en perpetua transformación. La pieza compartía el espacio con obras del Barroco novohispano de las cuales Marcelo extrajo la inspiración para escoger los colores usados en sus piezas. Esta es una de esas obras que se convertirán en piedra de toque del destino futuro del arte dedicado a provocar experiencias sensoriales.

Recientemente, Balzaretti había llegado a la conclusión de que la posibilidad del movimiento continuo más sutil se encontraba en las ondas magnéticas que nos rodean y que la manera de demostrarlo era captar el movimiento magnético por medio de una chispa eléctrica que alteraba el comportamiento de fragmentos microscópicos de metal. Sistemas de fuerzas eléctricas y patrones que guían a las moléculas comenzaban a aparecer en la pantalla digital de su sencillo estudio. Balzaretti alcanzaba con esta obra un estrato metafísico de la materia, una especie de atomismo, que me llevó a pensar aquella tarde de sábado que lo vi acompañado de su fiel compañero canino. Mientras lo escuchaba y veía operar el voltímetro sobre una placa de acrílico, sus manos finas manipulando los dispositivos, me di cuenta de que sus intereses seguían siendo los mismos de antaño y totalmente renovados: ir más allá de la visión, adentrarse en territorios de la física cuántica, en el terreno de los fotones y neutrones: penetrar el secreto de ese mundo subatómico que se mueve a velocidades inimaginables pero cuyo rastro es posible detectar en una imagen. Yo sabía que él se pasaba las noches pensando en las posibilidades de cómo captar una impresión de ese movimiento. Así lo dejé aquella noche de viernes en que fuimos al bar Covadonga a tomar una última cerveza en la tranquilidad de una noche sin fecha o programa.

Para mí la obra de Marcelo será siempre algo muy particular, muy personal, notablemente distinta a lo demás, pues él era un apasionado de su trabajo y no paró de encontrar soluciones diferentes a los problemas técnicos de la gráfica y de la expresión artística; más aún, no se detuvo ahí, supo cómo provocar con sus soluciones una nueva experiencia estética del mundo. Su capacidad para comprender lo que lo rodeaba a través del arte me sorprendía; ahora me doy cuenta más claramente de su genio, cuando su obra ha concluido y se ha cerrado su ciclo creativo. Marcelo me hizo decir, me provocó con su obra, me movió a imaginar explicaciones y pequeñas teorías que de no ser por su paciencia y su entusiasmo, por la entrega que ponía en todo, yo nunca hubiera podido siquiera elucubrar. Espero que donde quiera que estés Marcelo, sepas que te estoy profundamente agradecido por ser y hacer todo lo que fuiste e imaginaste y la manera generosa en que lo compartiste conmigo y el resto del mundo. Admiro tu amistad y te echaré de menos mientras viva. Descansa ya.

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Fecha de publicación: 07.10.2013