Agotamiento. Los 70 años de la Esmeralda en el Museo de Arte Moderno.

 

José Manuel Springer

Existen dos escuelas de arte que llevan el adjetivo nacional, una pertenece a la UNAM y la otra al INBA. Esta última tiene un nombre que hoy da pena, por su total falta de sincronía con los tiempos que vivimos: se llama Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”, porque cuando se fundó en 1943 se localizaba en el callejón del mismo nombre. La Esmeralda cumple 7O años y este aniversario, más que celebrar logros, pone en evidencia la necesidad de actualizar la educación artística.

La Esmeralda fue fundada en 1943 por artistas con una larga trayectoria, preocupados por dejar una escuela. Los primeros directores que sucedieron a Diego Rivera, Frida Kahlo, Benjamin Péret y Antonio Ruiz, eran también reconocidos artistas. En sus primeras décadas la institución solía tener la fama que le imprimía el director en turno, pero su modus operandi ha estado sujeto a la estructura burocrática del Instituto Nacional de Bellas Artes, que le impide ser un centro de investigación y experimentación de la cultura visual. La añeja nomenclatura de la escuela pesa como un yugo en las últimas generaciones.

Tanto las instalaciones como la experiencia formativa están divorciadas de la práctica contemporánea en muchas maneras: los laboratorios, los talleres, las salas de clase, la biblioteca, el salón de usos múltiples, dejan mucho que desear en mantenimiento y funcionalidad. Pero lo más urgente es la ausencia de autonomía administrativa y académica. Es impostergable poner en práctica un esquemaque convierta a la escuela en una auténtica facultad de arte, cuyos estudios sean reconocidos por instituciones equivalentes, que permita la interdisciplinariedad con las escuelas de música, danza, cine y teatro, con las cuales comparte el campus del Centro de las Artes, que ofrezca estudios de posgrado y cursos de educación continua.

Otra vez Replay

Como maestro del área de teoría e historia, he conocido el desarrollo y aplicación de planes y he visto los resultados en la comunidad estudiantil. A pesar de la ausencia de un presupuesto anual suficiente, la falta de una política efectiva de renovación de cuadros docentes que ofrezca seguridad laboral a los elementos valiosos y se deshaga de las rémoras, existen unos pocos creadores que han egresado de esta institución y continuado con su desarrollo profesional en el medio local e internacional del arte. Sin embargo son la excepción, que no alcanza ni el 10 por ciento de la matricula promedio anual de 70 alumnos.

Con una situación tan crítica en el campo educativo como la que estamos sufriendo y una escuela de arte a la deriva, sin presupuesto y sin perspectiva, es de esperar una respuesta que modifique urgentemente el estado de las cosas. Sin embargo, la institución sigue dando tumbos, tratando de suplir carencias con la buena voluntad de alumnos y profesores. El peso de la inercia es determinante y desliza a la joya educativa en la mediocridad imperante del sistema de educación pública.

Para evitar caer en el esquema decimonónico de la academia de artes y oficios, se requiere de un modelo que reposicione el papel de educación artística dentro de una institución que se proyecte hacia el futuro como centro de producción multidisciplinario. Se requiere de voluntad por parte de las autoridades del INBA para dejar que la escuela decida su propio camino, dotándola de presupuesto suficiente y de plazas de trabajo, de una infraestructura que permita el desarrollo de nuevos talleres y la ampliación de la matricula.

Espero que la designación de Carla Rippey —maestra de grabado con una extraordinaria hoja de servicio en La Esmeralda, artista con un curriculum y una producción contemporánea encomiable— como nueva directora, sea el comienzo de una ruta crítica que lleve a un cambio racional, una renovación del modelo educativo y la profesionalización académica de la base docente, entre otras cosas.

Un aniversario más

Para documentar el pesimismo sobre el papel actual de La Esmeralda, basta ver la exposición retrospectiva que, como ya es costumbre, recoge el anecdotario sobre la fundación y los avatares de una institución que hasta hace diez años sólo ofrecía un diploma a sus egresados. Es cierto que en un principio la formación se centró más en los oficios que en las profesiones —de ahí el nombre— sin embargo, a partir de los años 80 se produjo un divorcio entre docentes tradicionales y alumnos emancipados. Estos últimos tomaron la batuta y fueron en busca de otros medios y plataformas para enfrentar los cambios en la cultura audiovisual dominante.

La curaduría de la exposición se basa en un guión cronológico-estilístico bastante esclerótico, centrado en la documentación de periodos, con fotografías y recortes de periódicos, correspondencia oficial y catálogos que no están identificados del todo. Las mesas y la forma en que se colocó la información subrayan ese carácter decimonónico que la escuela no se ha podido sacudir de encima.

Para colmo, la curadora Luisa Barrios solicitó a los egresados, ya integrados al circuito de legitimación crítico y museístico, presentar obras realizadas durante su estancia en la escuela.  El resultado de esta táctica es desconcertante, pues la distancia entre la obra estudiantil y el lenguaje desarrollado más adelante por artistas como Nahum B. Zenil, Arturo Rodríguez Döring (exdirector de la escuela) Gustavo Monroy, Eloy Tarcisio (director saliente), Gabriel Macotela y otros más, produce la sensación de que se salvaron del naufragio de la escuela en los 80.

Aunado a la nula concepción de las genealogías artísticas contemporáneas, la muestra comprueba lo dicho: la Esmeralda no es un modelo de educación artística nacional, sino el cenotafio de la creación moderna con una fachada de institución contemporánea. Los egresados de generaciones recientes y algunos de los actuales profesores que fueron reunidos para la muestra pudieron haber dado la pauta para una exposición que abriera el camino al cambio. Pero no fue así, la obra de Edgardo Aragón, Héctor Falcón, Ricardo Rendón, Emilio Said, Fernanda Brunet, Roberto de la Torre, se hunde ante el peso de la inercia del discurso académico empleado. Vaya, hasta la iluminación y la museografía del Museo de Arte Moderno son tan malas que recuerdan a las muestras estudiantiles de la misma escuela. Lo que hace pensar que, efectivamente, el problema no es sólo de la Esmeralda, sino también del Museo de Arte Moderno y de la falta de autonomía de estos centros de educación y difusión.

La educación, pilar de la producción artística, debe dar un giro total que modifique la expectativa de que la enseñanza artística consiste en aprender a producir obra inerte, cerrada, destinada a un espectador pasivo. Es necesario que la escuela retome el papel de laboratorio de ideas y producción visual para usuarios activos. Consecuentemente, los museos, hasta ahora centros de legitimación, tendrán que asumir el rol de espacios donde se producen eventos, no sólo retrospectivas de objetos, destinados a abrir lagunas entre pasado y presente.

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Fecha de publicación: 08.11.2013