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Las herejías jocosas de Maurizio
Cattelan |
Las provocaciones de Maurizio Cattelan
se inscriben dentro de esa contraposición entre esencia y apariencia
que predomina en diferentes estrategias contemporáneas de enmascara-mientos.
Entre el cuerpo, el objeto y la acción, sus esculturas hiperrealistas
y performances se traducen en símbolos de ese afán
universal por ocultar las verdaderas intenciones humanas. En efecto,
Cattelan no se anuncia como un artista conceptual, aunque muchos de
sus gestos ostentan una notable densidad de ideas. Tampoco presume
de su gravedad poética; sin embargo, tras la ligereza de ciertas
fábulas se esconde la conversión de lo cómico
en lo trágico, dejando escaso margen para definirlo como un
humorista infiltrado en el mundo del arte.
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Este artista italiano asentado en Nueva York
gusta de parapetarse en ese "todo puede ser cualquier cosa",
donde el reto mayor significa despistar a quienes se dedican a
cartografiar actitudes y poéticas que permitan modelar
una nomenclatura del arte contemporáneo. Al privilegiar
la digresión por encima de la evolución, su propuesta
avanza por el camino de retroceso de la sociedad actual. De este
desvío consciente, advertimos la verdad de tantas mentiras:
el triunfo de este modo de hacer arte se equipara al fracaso del
contexto donde se inserta. Presuntamente fácil, la complejidad
de esta obra desconcierta a quienes prefieren vivir en el limbo
de la bruma mediática y, por otro lado, satisface la ansiedad
esteticista del sector instruido por consumir absurdos y simulacros.
Todo ese glosario de malentendidos ayudan
a configurar la recepción contradictoria de quien suele
apoyarse en los medios de comunicación masiva para utilizar
el impacto de la imagen como medio y no como fin. Así,
el escándalo que desata la obra, constituye la máscara
cínica que le resta protagonismo al auténtico rostro
del drama. Ninguna pieza de Cattelan ilustra mejor esta dualidad
que cuando colgó del árbol más antiguo de
Milán tres maniquíes de niños a tamaño
natural. A pesar de la evidencia de que eran muñecos, la
prensa aclaró que "los niños estaban colgados,
no ahorcados". Pero ello no logró impedir que un vecino
del lugar atacara la instalación con un hacha y terminara
esa noche en el hospital con varias fracturas. Es cierto que la
anécdota posee un tinte novelesco y hasta circularon rumores
de ser una respuesta planeada por el artista. Aún así,
poco importa si la cólera del ciudadano Franco Di Benedetto
era visceral o pagada. La moraleja de este desenlace estriba en
que la ficción como soporte especulativo es un ingrediente
crucial en el plato fuerte que Cattelan oferta para fanáticos
y detractores.
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Niños Colgados,
Milán, 2004
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La revolución
somos nosotros, 2000
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Una variante de la polémica
intervención se emplazó en el marco de la Primera
Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla (2004). Ahora se
trataba de un niño suspendido de un mástil en plena
vía pública. Otra vez el litigio no se hizo esperar,
pues las autoridades locales exigieron su inmediata retirada. Esta
situación propició que la comisaria principal de la
Bienal Juana de Aizpuru asumiera el rol de un activista político
oponiéndose a descolgar la escultura. Al concederle al curador
la función de mediador entre los excesos del arte y la cautela
política, dicha estratagema compensa las pretensiones de
esos comisarios deseosos de remover los cimientos de la pasividad
museográfica. De nuevo convertido en noticia un mínimo
gesto, Cattelan se preguntaba: "¿Cómo puede
ser la sociedad tan hipócrita que se sorprende por un muñeco
colgado de un palo cuando nos encontramos a diario imágenes
fantasmagóricas de niños que mueren o que son víctimas
de guerras o de otras situaciones?".
Fingiendo un asombro que le venía como anillo al dedo,
el artista podía alegar sin desentonar lo que han repetido
otros: "Lo real es peor que mi obra". Enarbolando este
orgánico pretexto, era posible defender el gesto de izar
la bandera de la violencia que, en beneficio de su fin estratégico,
tuvo que "ondear" en el espacio de la ciudad andaluza
bajo protesta. Como sucedió en el viejo árbol de Milán,
el autor de la provocación se alimenta de lo que fustiga,
encarnando una pose ética ante una aberración tan
repudiable para unos y necesaria para otros como la censura. Ello
le facilita sedimentar la imagen de artista problemático
y estigmatizado por absurdas ineptitudes sociales. En estas circunstancias,
la obra de Cattelan alcanza desdibujar el barniz de los prejuicios
morales. No obstante, su trascendencia radica en emular en el plano
competitivo el juego que las políticas mediáticas
diseñan para seducir a millones de consumidores pasivos que
inundan la tierra. |
Contra el vicio de hacer una versión
tras otra de piezas emblemáticas, este productor de ganchos
visuales se inclina por escamotear simbólicamente la secuela
de sus acciones. Frutos del Risset es una instalación
consistente en doce pequeños altavoces que cuelgan de un
árbol. Estos "retoños del escándalo
imposible" representan una especie de réquiem
por las figuras alegóricas que los precedieron. Es decir,
la suma metafórica del sacrificio imaginario como emblema
de las controversias reales. De igual forma, recuerdan lo único
que perdura de los escándalos pasajeros: esos artefactos
tecnológicos que propiciaron su reproducción. Sin
ellos, no existirían las sonoras estrellas del arte contemporáneo
que copan el mercado. Al satirizar el efecto de su manipulación,
Cattelan se anticipa a una especulación crítica
en torno al destino de sus gestos como residuos para el futuro.
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Otro modo de explotar la simbología
infantil significó poner a Hitler con el cuerpo de un niño
de doce años en penitencia. Aquí volvió a
relucir la vena satírica de Cattelan, recreando una versión
paródica de un paradigma del legado totalitario de la historia.
Al descartar la solución interactiva concebida para originar
un "disturbio público", el artista apeló
solamente al objeto escultórico para caricaturizar al führer
postrado de rodillas ante su posteridad. Entre las paredes de
una galería o museo, esta pieza no requirió de cintillos
periodísticos para calar hondo en la conciencia crítica
del espectador atento. De hecho, su intuición jocosa sucumbe
ante la razón de ilustrar cuán dudosa será
la inmortalidad de quienes se empecinan en doblegar a legiones
de mortales al precio de muchas vidas. Proyectada hacia el futuro,
la imagen del "pequeño gran dictador" transformado
en antimonumento de cera inspira risa y hasta lástima.
Suerte que esta sensación melodramática abarca la
sugerencia medular de la obra: los verdugos del presente serán
las estatuas derribadas del mañana.
Frecuentemente, las subversiones de Maurizio
Cattelan se concentran en reducir al absurdo abstracciones como
las jerarquías que velan por el orden social. Un ejemplo
de ello es la pieza titulada Frank & Jamie (2002),
una pareja de policías hechos en cera de cabeza contra
la pared de la sala de exhibiciones. Aquí estamos en presencia
de un cuestionamiento de carácter arquetípico-simbólico,
dispuesto a virarlo todo al revés para no enderezar nada.
Cuántas certezas o equívocos personifican esos vigilantes
desde la incomodidad de su pirueta museográfica. Cuánta
vastedad o nimiedad aparentan desde su atractivo hiperrealismo.
La operación de aludir al todo para reivindicar la nada
esclarece la esencia tautológica de una obra en la que
se extrapolan los medios y los fines, lo abstracto y lo concreto.
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Frank & Jamie, 2002 |
El arte retiniano de Maurizio Cattelan corre
el riesgo de perderse en el oficio de esas "manos sin nombres"
que se encargan de facturar las esculturas. Este necesita un trasfondo
conceptual suficiente para revelar un proceso que culmine en la
quietud de la imagen. Por lo que la reacción ante una primera
lectura debe conducir a la valoración del imaginario analítico
que articuló la obra como idea, al margen de un preciosismo
que limite su dimensión receptiva.
La ruta hacia el encumbra-miento que recorre
sin grandes dificultades este artista de formación autodidacta
está matizada por un calculado desembarazo al asumir su
pequeñez ante el arte y la vida. Este se concreta en el
modo de racionalizar la vanidad como obstáculo que se interpone
entre el creador y su público. Para lograr este efecto
de relación, elige peculiares actitudes: le pide a
un amigo que lo represente en las entrevistas, alegando que le
aburre hablar de sí mismo; reconoce la grandeza insuperable
de los artesanos renacentistas y hasta "se cuelga" de
un perchero para ejemplificar "en carne propia" lo ridículo
de aspirar a la purificación social desde el arte.
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Al nombrar esta última autoparodia como
La revolución somos nosotros, se burla de la pretensión
redentora encarnada por Joseph Beuys y sus epígonos. Para
despejar las dudas de su intención desmitificadora, Cattelan
coquetea abiertamente con la intrascendencia, al escenificar el
suicidio de una ardilla o cuando mete a su abuela dentro de un
frigorífico. De lo que se derivan otras imposturas vinculadas
a la construcción de su personalidad: una buena parte del
posicionamiento que goza Maurizio Cattelan en el ámbito
del arte contemporáneo se debe al descaro de no respetar
canon intelectual o privado alguno, ni siquiera a la familia como
institución sagrada.
Durante la exposición Apocalipsis:
Belleza y horror en el arte contemporáneo, realizada
en la Royal Academy de Londres (2000), causó una grata
impresión una de sus jocosas herejías: La Nona
Hora mostraba una réplica en poliéster de Juan
Pablo II tumbado por un meteorito sobre una alfombra roja salpicada
de cristales rotos caídos del techo. A primera vista, la
obra no es más que otra lección de irreverencia
cargada de efectismo visual. En cambio, una reflexión sosegada
del gesto motiva interrogarnos acerca de la vulnerabilidad de
los iconos venerados de la humanidad oscilando entre la permanencia
y la desaparición. Esta "disparatada fantasía",
cuyo título evoca la hora exacta de la muerte de Cristo,
parece estar estructurada desde la perspectiva de un sagaz reportero
empeñado en imprimirle brillo a su columna en la sección
de espectáculos.
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La Nona Hora, 2000
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Autorretratos |
La irritación que generó esta broma al ídolo de los católicos
no tiene comparación al reconocimiento que alcanzó
como una pieza capaz de ser olvidada y pensada como una ocurrencia
tan simpática como despiadada. Ello reafirmó el sentido
de una operatoria basada en el propósito de divertir o traumatizar
a los más encontrados imaginarios. Una razón para
llegar a la fórmula perfecta: "Suave para los necios
y duro para los sesudos".
Para activar esta maquinaria de conquista, su creador transita
de lo sublime a lo ridículo sin prejuicios elitistas. Solo
basta echarle un vistazo a la galería de frases célebres
donde asegura: "en una ocasión tuve que ir con la policía
para decirles que alguien había robado una escultura invisible
de mi auto". Al enseñar sus garras de astracán,
Cattelan se despoja del aura sacralizadora de lo artístico
para afianzarse como alguien dispuesto a moverse entre lo que puede
o no puede ser considerado arte. |
La frialdad de este proceso se detecta en la
fusión de lo conceptual y lo minimal hasta obtener la calidez
de una imagen pop. Una muestra de este "pensar la síntesis"
para "sentir lo inabarcable", cristaliza en una réplica
de la palabra Hollywood encima del vertedero más grande
de Sicilia. La reproducción ampliada de este "espejismo
universal" intenta reflexionar acerca del antagonismo entre
el espacio virtual de los "sueños compartidos"
y el tiempo real de las contingencias humanas. Pero la esencia
de este letrero metálico empieza y termina en esa "ilusión
para el deseo" que lo sustenta y, a la vez, resulta vaciado
de contenido por su luminosa apariencia. Ante esta contradicción,
la ironía deviene un producto más, algo que se consume
como una cocacola gigante en nombre de un surrealismo urbano estrictamente
simbólico.
Tantos medios utilizados no logran impedir
el resultado de un fin preciso: el simulacro. En este aspecto,
sería pertinente referirnos a La balada de Trotsky:
un caballo de carreras embalsamado que cuelga del techo. Jugando
irónicamente con la historia, el título de la instalación
evoca el destino trágico de una de las víctimas
de las purgas de Stalin. En esta oportunidad, el tono alegórico
lo aporta el suplemento verbal que acompaña a la imagen,
dotando al retrato simbólico de una sugerente ambigüedad:
¿a qué se refiere la obra en cuestión? ¿Al
sacrificio político como crimen del pasado o como castigo
del presente? Entre lo literal y lo metafórico, la inmortalidad
del malogrado personaje queda en poder de las más dispares
lecturas. Sólo que tras las cortinas de este simulacro
de cuestionamiento, persiste el sentido del escenario político
como un terreno imposible de ser iluminado por el tiempo. Por
otra parte, si el espectador no prestara atención al pie
de obra, todo acabaría en el gesto de colgar una escultura
ecuestre del techo de un museo.
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Hollywood aterrizando
en Sicilia, 2001 |
Al igual que muchos de sus famosos colegas,
Cattelan se vale del ardid de la truculencia para mantenerse como
un perenne motivo de discusión. Sin embargo, éste
nunca ha llegado al extremo de crucificarse en un automóvil
estimulado por drogas duras o de comer trozos de niños
muertos ante las cámaras de la televisión. En este
sentido, sus excentricidades se resuelven en chistes que huyen
de lo macabro. Fieles a la política de "perturbar
sin espantar", algunos de ellos involucran a la publicidad
que emana del propio sistema del arte como mediadora del suceso
performático. De esta manera, se justifica que consiguiera
disfrazar de pene-rosa a un reconocido galerista en su espacio
o que otro estuviera un día entero pegado a la pared con
cinta americana sin poder bajarse antes del tiempo previsto por
la acción.
Paradójicamente, una de sus intervenciones
más contundentes posee una connotación truculenta.
La misma consistió en dejar tirado en la calle a un vagabundo
de látex, para comprobar que nadie le hacía el menor
caso. En lugar de la agresión al espectador o el escarnio
público, la provocación se legitimó conceptualmente
producto del rechazo a su guiño interactivo. Solo bastó
la apatía colectiva ante el "sufrimiento ajeno"
para darle a la acción una connotación sencilla
y espectacular. Esta reacción era suficiente para no tener
que hacerse sentir a expensas de la ingenuidad de un reportero
amarillista presa de las trampas de los artistas contemporáneos.
Dicha truculencia, piadosa y cerebral como pocas, potencia una
máxima del artista conceptual John Baldessari cuando sostiene:
"Lo interesante de los insultos es que la gente no se dé
cuenta de que lo son".
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La balada de Trotsky |
Como erróneamente suponen
ciertos observadores, Maurizio Cattelan está muy lejos de
ser el demonio del arte contemporáneo. En última instancia,
tipificaría al lince de las maniobras puntuales. Al procurar
un equilibrio entre la impronta cerebral latente en su obra y el
engranaje comercial que respalda su carrera, engrosa la lista de
privilegiados del mainstream que logran producir y vender
sus locuras sin renunciar a sus obsesiones ideotemáticas.
Nadie mejor que este comentarista social –según la
etiqueta acuñada por Francesco Bonami- para ironizar relajada-mente:
"Si supiera para qué sirve el arte, sería coleccionista".
Después de esta declaración formulada al Chat de la
Revista Flash Art, cualquier disquisición en torno
a la pesadez o ligereza de su producción visual se vuelve
inútil. Descartándose como sujeto que aspira a la
redención universal a través del arte, Cattelan se
adjudica la falsa etiqueta de un boomerang publicitario
que no le interesa ser absuelto por nada ni por nadie. Esta paradoja
de la utopía fallida revela las fisuras de una estrategia
que garantiza la digestión rápida del pensamiento
light contemporáneo. |
La apariencia utópica de esta actitud
se percibe en el hecho de acometer "gestos corales"
desde la nulidad de esculturas muertas. Sin embargo, al rebasar
lo estrictamente simbólico, su esencia resulta tan distópica
como disfuncional. En definitiva, el primer y último eslabón
de la cadena tiene un nombre y un apellido demasiado caro para
esa "autoría multiplicada" que ejecuta virtualmente
sus obras. Un nombre y un apellido forjado gracias a la perseverancia
de ese "sueño de la razón" que continúa
engendrando monstruos.
Entre lo trágico y lo cómico,
Cattelan puede ser ocasionalmente profundo, aunque la tentación
de consolidarse en el papel de un fenómeno mediático
cotizado en las grandes subastas amenace con dominar su proyección.
Para él, no será fácil deshacerse de la habilidad
alcanzada en el uso de la censura de turno como detonante de coyunturas
publicitarias en favor de incrementar su celebridad. Como tampoco
renegaría de ese "boom taxidérmico" donde
se le incluye (a contrapelo de su noción de la "obra
abierta") en compañía de William Wegman, Damien
Hirst, Thomas Grünfeld o Wim Delvoye. En la espiral de una
carrera matizada por la confusión de medios y fines, su
tragicomedia conceptual exigirá una elevada dosis de ingenio
y conciencia crítica, para que lo herético predomine
sobre lo jocoso y la inteligencia de sus ideas más afortunadas
prevalezca ante la necedad de sus entretenidos admiradores.
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Him, 2001
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