En
un tiempo en que aún resuenan los efectos de guerras como
la de Vietnam, la del Golfo, la de Afganistán, la de Irak
o el derrumbe del Muro de Berlín, la necesidad de recolectar
los significados de los mismos se ha intensificado. Aun cuando,
paradójicamente, la capacidad de los monumentos tradicionales
que buscan preservar la memoria se muestran cada vez más
precarios.
Obras como las de Christian Boltanski analizan
específicamente la premisa de la conmemoración, partiendo
del rechazo de los monumentos heroicos –con su sabida retórica
e idealización-, con el fin de preservar el recuerdo desde
una nueva perspectiva crítica: llevar la invención
al inventario y con ello hacer creer.
En la memoria cancelada; en la identidad perdida,
en la desmaterialización, en aquello que se desvanece en
el tiempo: el retrato desenfocado de seres anónimos, en su
mayor parte muertos o mejor dicho asesinados por los nazis en los
campos de concentración y en las calles, funda el artista
francés su arte basado en la instalación y el uso
de fotografías encontradas y refotografiadas en grandes formatos.
Todo con el fin de construir parte de la historia del pueblo judío
y, por consecuencia, una dimensión histórica y colectiva,
al igual que la construcción de su propia identidad en relación
al pasado; y, en sentido más amplio, como el ejemplo en su
hacer artístico de una resistencia sostenida ante la desmaterialización
de la imagen.
Con la intención de resignificar el “archivo”
del Holocausto, Boltanski crea una retórica de la nostalgia,
gracias a la utilización de fotografías borrosas,
lámparas o focos elegiacos de baja intensidad, cientos de
cajas oxidadas de galletas y, más recientemente, sábanas
con la efigie de los que se fueron a manera de sudarios, como fantasmas,
para manipular las emociones del observador. La elección
de todos los elementos que conforman su arte no es gratuita: las
cajas de biscochos están oxidadas para lucir como viejas;
los efectos personales como las ropas que aparecen en sus grandes
instalaciones, no pertenecen a las víctimas de los campos
de exterminio y quizá los niños y adolescentes en
las fotografías aún viven. Pero poco importa que estos
trabajos no sean construidos con documentos reales, dado que lo
importante es el contenido alusivo, el poder, la fuerza de las asociaciones
que viven en ellos y su potencia para tener vivo el recuerdo, en
suma una metáfora del ser.

Mis Muertos, 2002
Si bien todo esto –como se
ha escrito- hace posible lo que distingue la obra de Boltanski,
este artista tiene también sus altas y bajas. La reciente
exposición personal que ha presentado en el PAC. Pabellón
de Arte Contemporáneo en Milán con el título
Ultimas noticias, curada por Jean-Hubert Martin, muestra
reiteradas repeticiones sin el halo de trabajos anteriores y ciertas
vacuidades como veremos a continuación con algunas excepciones.
La dimensión temporal, la percepción
del tiempo y su transcurrir con su frágil e inestable pasaje
hacia lo inexorable son expresados de manera superficial en piezas
como Tot (“Muerto” en alemán) escrita
en la pared con el uso de focos pequeños; el Reloj que
habla repitiendo constantemente la hora y Corazón,
ambas del 2005. Incluso ésta última parece obra de
relleno. ¿Qué otra cosa puede uno pensar al recorrer
a oscuras un gran espacio vacío situado en el primer piso
del PAC que sólo se ilumina de tanto en tanto –como
el batir de un corazón- por un foco colgado al centro del
mismo? o ¿de las fechas de nacimiento y muerte de familiares
de Christian Boltanski (Mis muertos, 2002), colocadas en
grandes “placas” colgadas en el muro del pasillo contiguo
a la sala de Corazón, por más que busquemos darle
al guión que separa una fecha de otra la gran dimensión
de que la vida se reduce a eso: un guión entre dos fechas?
Quién
sabe por qué hay cierto desencanto en los espacios del PAC
y no aquella aprehensión sucitada por otras obras del francés
en tiempos pasados. Espacios del pabellón italiano por voluntad
en penumbra para buscar traer a la memoria los “recuerdos”
del artista. Quizá por qué los rostros desconocidos,
los retratos deslavados, las proyecciones de luces y sombras, las
placas de conmemoración que intentan reconstruir la historia
de gente común y anónima e incluso aquella de Boltanski,
en ese juego irreal de vida y muerte, no consiguen tocarnos con
la intensidad que lo hicieron en otras exposiciones. ¿Será
que el tiempo ha consumido las obras, aun aquellas recientes? ¿Será
que la intensidad de los sucedido en el mundo en lo que va de este
nuevo siglo reduce a casi nada todas aquellas piezas artísticas
que tengan un carácter repetitivo con relación a sus
antecesoras; que no estén sustentadas por un concepto más
redondo o una realización más lograda que recurra
a un vocabulario estético en el cual cada uno de nosotros
pueda reconstruir un poco de uno mismo, fundarse nuevamente en la
memoria, reencontrarse?
A pesar de todo ello y aunque parezca que me
contradiga, yo creo que la fotografía de una persona siempre
será una invitación a la reflexión sobre el
estado existencial, del instante vivido, presente que se transforma
de inmediato en pasado, lúcidamente conciente de lo provisional
de nuestro destino. Esa es la gran magia de la fotografía,
así como su fuerza intrínseca para evocar lugares,
paisajes y situaciones, arrancándolos del olvido, aunque
sea a través de una lente tan subjetiva como es de hecho
el recuerdo. Pero aquí –en esta exposición-
hay algo que no puedo explicarme del todo.
Tres obras destacan en esta exposición:
la monumental Los abonados del teléfono del año
2000 con sus enormes muebles de repisas en los que Boltanski ha
colocado numerosos directorios telefónicos en el ambicioso
proyecto de reunir todos los nombres de sus contemporáneos
(en los 2639 volúmenes de los abonados al teléfono
están clasificados los nombres de millones de seres humanos)
junto con una serie de mesas y sillas para consultarlos con comodidad.
Excelente trabajo de ausencia que acrecienta la presencia. La segunda
obra la constituyen ocho vitrinas y se titula Contacts (“Hojas
de contacto”), también del año 2000, con las
que el artista realiza un trabajo sobre la memoria al reunir fotografías
sobre su trabajo y su vida personal tomadas por él mismo
y con las cuales me recuerda la instalación La vida imposible
de Christian Boltanski –que forma parte de la colección
del Centro Georges Pompidou-, la cual persigue el proyecto inicial
de conservar la totalidad de su existencia a través de fotos,
recortes de prensa, recibos varios, cartas, postales, notas y dibujos
que testimonian de igual manera, aunque no de un modo coherente,
sobre la vida y la producción de casi 40 años de actividad
artística, a la manera de los museos etnográficos.
Finalmente,
la tercera obra es un video interactivo de tres proyecciones simultáneas:
6 de septiembre, creado este año, en el que vemos sucederse
algunas de las notas de los noticieros de cine y de televisión
transmitidas el día del cumpleaños de Boltanski, precisamente
el 6 de septiembre, partiendo desde su nacimiento en 1944
hasta el 6 de septiembre del 2004. En el video las imágenes
se suceden dos mil veces más rápido que lo normal,
dando lugar a 60 años de existencia en escenas que corren
en un total de 4’30” (tiempo, que dicho sea de paso,
se agradece a Boltanski, ya que –comparto con el curador-
nos solicita concentración más que la paciencia que
necesitamos tener con los extensos videos de tantos otros artistas.)
El dispositivo que nos permite interrumpir cuando lo deseamos el
fluir de las noticias, nos da la sensación de poder de alguna
manera detener el tiempo, aun cuando no quede la imagen seleccionada,
debido a la velocidad con que transcurren, y lo que congelamos sea
una imagen muy posterior a aquella que se deseaba observar.
“Como una enésima
versión del tema de la vanitas de la tradición
cristiana –escribe Jean-Hubert Martin en el texto del catálogo
realizado para dicha exposición y únicamente dedicado
a esta obra-, el filme refleja la creencia acuñada por el
ateismo según el cual, en el momento de la muerte, se vería
recorrer la propia vida como en una pantalla. En un mundo sin dios,
ésta es la última consolación ideada por el
ser humano para evitar enfrentar el vacío absoluto. En lugar
de inventar una imagen alternativa bajo la forma de divinidad, el
individuo se confronta con el espejo de la propia vida.”;
aunque esta obra sea más bien una antimemoria, ya que no
presenta escenas de ninguno de los hechos fundamentales que han
marcado la vida del artista como la infancia, el gran amor, la muerte
de los seres queridos, etcétera. Cosa que sucede igualmente
–aunque de otro modo- en otros trabajos en los que Boltanski
sugiere, por ejemplo, que la memoria de la posguerra del Holocausto
está desconectada de los eventos actuales, debido a la filtración
alterada de las lentes de los medios masivos de comunicación,
del testimonio de los testigos, de las películas, etcétera.
Lo que nos lleva a cuestionar los límites de cómo
la historia ha sido contada y presentada.
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