La virtud de la tensión superficial. Obra de Mauricio Cervantes

Mauricio CervantesLas flores de Theodor Heine (detalle)

Jorge Pech Casanova

Si bien la pintura ha roto en numerosas instancias con las limitaciones de la bidimensionalidad, la exploración del espacio tradicional del plano mantiene su vigencia. En la exposición Embarcaciones, detectores y corrientes, de Mauricio Cervantes, las posibilidades del plano intervenido por el artista florecen literalmente. La espiritualidad del arte se revela con el vigor de un hecho, sin estancarse en la especulación teórica.

Mauricio CervantesAstillero.

Mauricio CervantesDetector de Abadías.

En estas obras confluyen diversas tradiciones culturales, históricas y estéticas. La fuente menos obvia, pero directamente implicada en el conjunto, son códices y manuscritos románicos iluminados de los siglos x a xiii y del siglo xvi mexicano; algunos íconos contemporáneos generaron interpretaciones nuevas; el interés personal de Cervantes por el viaje, las vías acuáticas y los indicadores de esas vías completan el círculo necesario para este periplo por una tradición arcana: la del rabdomante o zahorí, el individuo dotado con poderes para detectar las corrientes ocultas bajo el suelo.

La superficie a la vista es un símbolo de las profundidades, de enigmas telúricos, y emblema también de la profundidad en que el artista opera: sus trazos provienen de una investigación pictórica minuciosa, de alusiones a íconos cristianos, de motivos navales y de la curiosa flora cultivada en la heráldica, así como de la geometría básica. La ceñida iconografía se mueve rítmicamente en los fondos untuosos y accidentados que Cervantes dispone para que la superficie de la tela enmascare -en talante nietzschiano- la profundidad en que labora, la hondura con que sublima su acción sobre el plano.

El referente religioso no es casual. Como indagación de la espiritualidad del arte, esta serie de obras surge en buena medida de una epifanía, un religarse con lo sagrado que a Mauricio Cervantes lo arrebató durante una tormenta eléctrica en la serranía de Oaxaca. No está de más aducir el relato de esta experiencia que el propio pintor hizo al crítico Fernando Gálvez en una misiva:

... de golpe abrí los ojos, ante un destello extraño, como de brasa encendida, de brasa amorfa, de brasa con forma: tu amigo el sol se me entregaba cubierto de una manera extraña por las nubes; apenas se adivinaba su forma circular, como cuando te miras en la penumbra en el cristalino de un amante... La mía, la amante, al menos anoche, fue la Noche, la Madre Tierra o acaso la Luna Nueva.

Ignoro, después de la larga tormenta eléctrica, el momento en que comenzó a llover. Recuerdo más bien, cómo mi mirada -igual a la de un pez o a la de algunos insectos- empezó a dominar el horizonte en un espacio no menor al de 270 grados. Mi parpadeo era el normal, pero de golpe la percepción empezó a jugar con el espectáculo celeste -¿o acaso a la inversa? Cerrando los ojos veía el dibujo del último rayo... En una parte del cielo, con el carrizal o los montes de fondo, veía los nuevos rayos donde no estaban... Cerrando de nuevo los ojos, la oscuridad al no mirarla se hacia pura luz y el rayo como una sombra negra.

Y entonces Cocijo permitió la introducción de los alientos: un ruido salvaje, en verdad un bramido, distrajo mi atención del juego de luces: se trataba del gran palo higo: toda su fronda, las hojas que no le habían sido arrancadas, cantaban al unísono con el viento... Y de repente otro, y otro más, se fueron sumando poco a poco todos los árboles del escampado a este concierto para alientos, hojas y truenos. La noche ya era profunda, la lluvia la precipitación de todo el firmamento... Caí en la cuenta de ser el hombre más feliz por haber tomado este sitio por morada, de sentirme parte integral, inscrito de manera absoluta, en el mundo del verdor y del agua que nos circunda. La epifanía se encontraba en su momento climático; la luz nos regalaba nuevas imágenes: emergiendo de la oscuridad, y en el último plano -primer acto- los verdes de los montes y los verdes de la cañada.... Segundo acto -y segundo plano-: los ocres y amarillos del terreno de la casa, la paja, el color más franco de la madera en los caballetes en mi zona de trabajo... Y tercer -y primerísimo- plano, tiempo y acto: la lluvia cristalina cuando un rayo iluminaba el agua que caía a escasos metros de nuestras narices... Efecto estroboscópico que hacía a las gotas detenerse en el aire por lapsos indescifrables...

Ya a estas alturas del partido todo se percibía de una manera textualmente alucinante. Y aquí no acaba todo. Inmerso en el espectáculo celeste, me sobresalté por una presencia desconocida en la terraza, o al menos eso fue lo que percibí en el primer instante. Como si poca fuera la parafernalia musical de viento, agua y truenos, de repente, la lámina de los techos de las casas vecinas, la propia lámina que cubre la cisterna de la casa, empezaron a ser golpeadas de una manera salvaje: si el palo higo bramaba, ahora se tocaban simultáneamente todos los gongs existentes entre la Muralla China y el Río Amarillo. Aun sobresaltado, y un poco temeroso me percaté del nuevo invitado: el granizo, y con él en la fiesta de lluvia horizontal nos embriagamos hasta el paroxismo.

Momentos más tarde, sin poder conciliar el sueño sentí cómo todo se apagaba poco a poco: las luces celestes, los sonidos, hasta que de golpe regresó la corriente eléctrica. Cuando el silencio se hizo absoluto, ni los perros ladraron, ni los grillos ni las ranas cantaron. Sólo el balido de una oveja me recordó que no estaba soñando.

Mauricio CervantesPlancton.Mauricio CervantesEspectro Floral.

La conversión de ese testimonio visual y auditivo en pintura es la delicada operación que Mauricio Cervantes ha efectuado con buen fruto en su nueva serie de obras. Al propio entender del artista, con la realización de estos cuadros un ciclo pictórico y vital se cierra para él, luego de que hace tres años descubrió cómo aplicar pintura acrílica sobre lienzos tendidos en el piso -con un procedimiento análogo al de los expresionistas abstractos pero con una disposición más afín a la del poeta o el pintor zen. Su determinación es provocar violentas craqueladuras en la capa pictórica, reminiscencia "del agua que queda atrapada debajo del lodo, el cual se resquebraja cuando el agua busca la salida hacia la superficie". El efecto conseguido en las telas se originó en la reminiscencia, también, de una caminata por el lecho de un río, desde hace mucho seco, en la reserva natural de Tehuacan-Cuicatlán. En ese desierto espléndido, donde el viandante puede sorprenderse en parajes de apariencia sublunar, Cervantes conoció que la humedad y los arroyuelos que impregnan en forma esporádica ese cauce, provienen de corrientes subterráneas. Su descubrimiento principal, en una reciente vuelta a ese paraje desértico, fue que...

...el barro resquebrajado era una ampliación de mis lienzos, la piel más inmediata, la primera máscara que devela el rostro de las corrientes subterráneas. De niño anduve por ese desierto poblano, incluso guardé en mis bolsillos fósiles espirales de trilobites y otros seres marinos. Del mar vinieron los primeros cuadros de la exposición presente. El ciclo está cerrado.

Del mar al desierto y de los manantiales en el subsuelo a los territorios agrietados: no hay acaso mejor explicación para el procedimiento que ha engendrado los cuadros de Embarcaciones, detectores y corrientes. En ellos es importante la pintura que yace aglomerada a la vista como una superficie regularmente densa y tersa, semejante al encausto, en la que se traslucen algunas anfractuosidades o accidentes; pero también es importante el material pictórico e iconográfico que subyace en las obras concluidas, pues el artista ha decidido no cubrir por completo la base sobre la cual se erige el producto acabado. Aquí y allá quedan rastros que rehuyen exponerse aunque dan forma a la visión final. Entramado y fundamento, cada capa de pintura que se sobrepone o mixtura, reclama en cierta grieta, en cierta craqueladura, el protagonismo discreto de que goza en estas composiciones. Son los acordes y armónicos cuya culminación es la melodía que remonta desde el fondo abisal en estos cuadros.

 

Mauricio CervantesPeñíscola.

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Fecha de publicación: 21.10.2006